Quijotismo en Harvard

El Instituto Cervantes dice que traerá gente que "realmente sabe hablar" el español
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La cresta de la lengua

El alzamiento en Harvard de un puesto de observación desde el que contemplar la evolución de nuestro mundo hispano de Estados Unidos encierra algunas paradojas que van a necesitar de atinadas aclaraciones. El Instituto Cervantes, institución española, se plantea desembarcar en nuestro país de la mano de la prestigiosa universidad. Suerte van a necesitar porque la observación del habla de ciudadanos con los que apenas se comparte la mitad de su mundo lingüístico puede acabar en una pérdida de tiempo: un capricho de un millón de euros, sufragado por el Grupo Santander, patrocinador del experimento.

El futuro observador foráneo se propone “desgranar nuestra complejidad”, aparentemente se piense que nosotros aquí somos incapaces de “observarla”. No sé cómo se les escapa, ya en serio, que cualquier esfuerzo para potenciar y regularizar el español en nuestro país es inútil sin tener “competencias reales” en educación.

La elección de Harvard como compañera de viaje obedece, sin duda, a curarse en prestigio por mimetismo. El mundo latino, bajando a los detalles, no pasa por Harvard, que ni departamento de español tiene; antes, puestos a escoger, sería Miami el centro gravitacional del invento; al menos es donde los hispanos famosos se compran casa. Incluso daría prioridad a Hollywood: por ser escaparate del cine.

El Instituto Cervantes en todo aquello que compete al español comparte intereses con el Goethe Institut (alemán); el British Council (inglés); o La Alliance Française (francés). Estas instituciones, y alguna otra, recibieron conjunta y recientemente el premio Príncipe de Asturias por la importante labor encomendada. De la revisión de sus idearios se deduce que su objetivo primordial es la difusión de sus respectivas lenguas y culturas al más alto nivel. Se deduce de ello que estos selectos clubs evitan su presencia “lingüística” allí donde ya se habla la lengua a la que sirven. En efecto, La Alliance, que tiene nueve centros en Canadá, no posee ninguno en Quebec. El British Council, como era lo esperable, sale sobrando en nuestro país. Así visto, se produce una paradoja: ¿debemos presuponer que en nuestro país no se habla español o que sí que se habla y el Instituto “contempla”, nunca mejor dicho, nuevos objetivos?

Obsérvese —también nosotros tenemos derecho a observar— que si el aterrizaje en Harvard se ha realizado por la ya existente y masiva presencia en el país de hispanohablantes, entonces, reparos aparte, se podría concluir que ya somos carne de mercado. De hecho, abundan las estadísticas en que se habla maravillas de nuestro creciente poder adquisitivo. Para reforzar la excelencia del español, otro de los objetivos desvelados, —se nos va a traer a personalidades que “realmente lo saben hablar”. Se promete un nivel comparable al de Ferrán Adriá en lo suyo: asuntos culinarios.

En el exterior, aclaremos, todavía no se ha entendido que el español aquí no se habla por apasionamiento cervantino: tampoco, por supuesto, se le debe a Shakespeare el hablar inglés. Es suerte accidental. Debe saberse también que el número de los que se declaran hispanos o latinos en el censo no se corresponde ni de lejos con los que realmente lo hablan. Tampoco, por ello, es realista aventurar que para el año 2050 vayamos a ser el país con más hispanoparlantes del planeta.

No lo tienen fácil. Es empresa ciertamente quijotesca que merece cierta simpatía aunque solo sea por querer mover tanto con tan pocos asideros. No deja de ser, en fin, un episodio de misión casi imposible.