Preparándonos para batalla migratoria

Nuestra lucha a favor de la legalización empezó hace tantos y tantos años. Alcanzamos una solución parcial en 1986 con la amnistía. Luego vino el Tratado de Libre Comercio (TLCAN o NAFTA) y la mayor migración forzosa hacía el norte en la historia norteamericana. Para mí fue una migración forzosa pues el TLCAN eliminó 5 millones de puestos de trabajo en la agricultura en México, la gente tuvo que emigrar al norte para poder darles de comer a sus familias.

Cuando tanta gente llegó a la tierra prometida, vimos la reacción racista, el movimiento que ha pretendido expulsar a los indocumentados de la nación. ¿Por qué? Para prevenir que los no blancos se conviertan en una mayoría en los Estados Unidos.

Ha habido ocasiones cuando nos parecía que estábamos muy cerca, y nos han quitado la victoria de nuestras manos. No nos hemos dado por vencidos porque cada vez que estábamos listos a abandonar la lucha, conocemos otra familia más que no la íbamos a abandonar. No fue el simple hecho de que aquellas familias mostraron tanta determinación de perseverancia, fue también el amor que mostraron, y ese amor nos llamó para que sigamos luchando a favor de nuestra comunidad querida.

Cuando fuimos enfrentados por este amor, que nos exigía justicia, que nos exigía vida, estábamos en la presencia de Dios. En aquella presencia bendita, lo imposible nos parecía muy posible. En aquella presencia, la victoria nos parecía inevitable.

Ya comienza otra batalla en Washington. ¿Vamos a poder poner alto a las deportaciones este año? ¿Al fin vamos a poder conseguir que se apruebe una ley concediendo la legalización a los 11 millones de indocumentados? En realidad, no tengo una respuesta, pero eso sí, ha sucedido algo. Hemos cruzado un río. Hemos subido a la cumbre de la montaña y hemos visto la victoria que tanto hemos anhelado.

Y ahora desde esta cumbre podemos dar una mirada para atrás y ver que Dios siempre ha estado con nosotros. Siempre hemos estado incluidos en su plan. Estaba con todos ustedes cuando cruzaban ríos y se escondían en los baúles de coches. Estaba con ustedes cuando daban a luz a sus hijos y luego tenían que trabajar por salarios miserables y sin derechos, para poder apoyar a aquellos hijos.

Pero ahora, desde la cumbre, abran sus corazones pues Dios desea expresar su voluntad por medio de ustedes. Nos quiere transformar. Quiere que lo conozcan y que estén en su presencia hoy, para que el mundo entero lo vea en ustedes. Que tanto los enemigos como los amigos vean el amor que une a nuestras familias, el amor que los ha mantenido en la lucha hasta convertirse en el poder que son ustedes.

En su presencia ustedes pueden curar a quienes se les han negado cuidado de salud y que llevan las cicatrices de la discriminación. En su presencia ustedes pueden sacar los demonios del odio y de violencia en los hombres jóvenes que han sido obligados a entrar en el “negocio” de la calle. En su presencia ustedes pueden enseñar a una nueva generación como ser fieles en el matrimonio y firmes en el amor que nos ha dado Dios. En su presencia pueden cultivar los talentos que viven en las almas de la próxima generación para que brillen y para que puedan crear un mundo nuevo.

De modo que les pido que aparten un poco de tiempo esta semana para subir a la cumbre de la montaña por medio de la oración. Platiquen con sus antepasados. Sean quienes son. Será suficiente.