Gracias, hígado mío

Su importancia es tal que llegó a afirmarse que no es el corazón el que regula el amor sino el hígado
Gracias, hígado mío
El brasileño Dany Alves, jugador del Barcelona, ofreció donar parte de su hígado a su colega francés Eric Abidal, en la foto, quien sufría de cáncer.
Foto: Archivo / AP

Papeles

En materia de órganos, estamos nivelados: El estresado Bill Gates y el mendigo relajado que pasa el sombrero a la salida de misa, tienen la misma cantidad de dedos y un solo corazón; el hígado, el talón de Aquiles, el occipital y la silla turca están ubicados en el mismo lugar en ambos. Sin importar las dimensiones de las cuentas bancarias, sus órganos realizan funciones similares.

Pero, sin falta, tropezamos en el dedo gordo. El anular y sus vecinos generalmente pasan de agache.

Basta un clic para enterarnos de lo que sucede en la aldea global. De hacer clic se ocupa el dedo índice. Los pulgares jamás tuvieron tanto protagonismo como hoy. Lo vemos en las multitudes que doblan la blanda cerviz ante el BlackBerry, el iPod y demás cachivaches que nos aíslan de un mundo que contaminamos más de siete mil millones y “millonas”, dicho sea en la jerga del vecino Maduro, presidente de Venezuela.

Resumiendo: tenemos una espléndida máquina, el cuerpo, pero jamás le damos las gracias. Nunca leemos este clasificado en el periódico: Gracias, aorta, por los favores recibidos.

O este otro: Gracias, ojos, por regalarnos esa nube que quisiera ser pájaro, así como el pájaro quisiera ser nube como en el verso de Tagore. El bandoneón ignora que sin la prosaica rodilla donde se apoya no habría tangos. ¿Ha dado alguna vez las gracias el sollozante instrumento?

Antes de que septiembre apague su propia luz para convertirse en octubre, aprovecho para hacer el elogio del hígado, ese laboratorio que nos acompaña con la fidelidad del perrito de la Víctor. Su importancia es tal que llegó a afirmarse que no es el corazón el que regula el amor sino el hígado.

No se advierte que los comerciantes colombianos que suelen dejar exhaustos los bolsillos en septiembre alegando razones de amor y amistad, tengan programada la barbacoa mundial del hígado. O la cumbre nacional del esternocleidomastoideo cuyas funciones desconozco. Algo importante se debe traer entre manos, en todo caso.

Llegué a estas reflexiones leyendo la noticia de que el brasileño Dany Alves, jugador del Barcelona, ofreció donar parte de su hígado a su colega francés Eric Abidal, quien sufría de cáncer. Lo reveló Abidal en declaraciones radiales en Barcelona que después trasplantó a su cuenta de twitter donde publicó foto en la que aparece abrazado a su benefactor.

Abidal, colega del colombiano Falcao en el encopetado Mónaco, rechazó la donación en un gesto que impactó a la galería: Imposible aceptarlo porque D2, apodo de Alves, es un jugador de élite y podría necesitarlo.

Finalmente, el francés aceptó el hígado de otro samaritano y los dos siguieron adelante con su amistad sin esguinces, y deleitando a la fanaticada con sus metáforas balompédicas.

Para parecerme a D2 me gustaría donar mi averiado hígado, algo sobresaturado de licor y colesterol. No creo que nadie en sus cabales lo acepte. Eso sí, lo donaría solo ad portas del horno crematorio. La generosidad total no es mi fuerte. Solo soy generoso con lo que no es mío, sostiene mi madre.