Teléfonos públicos necesarios en comunidades pobres

Más de 5.1 millones de hogares estadounidenses no tienen servicio telefónico residencial y el 90% de las personas pobres carecen de celulares, haciendo de los teléfonos públicos un servicio indispensable para millones de personas

Guía de Regalos

Teléfonos públicos necesarios en comunidades pobres
Aún se realizan más de 120 mil llamadas mensuales provenientes de teléfonos públicos, especialmente en comunidades de bajos ingresos.
Foto: Ciro Cesar / La Opinión

A María Valencia se le dañó el celular y de regresó del hospital tenía pendiente comunicarse con su hijo. Lo solucionó introduciendo dos monedas en un viejo teléfono público, en el Este de Los Ángeles.

“Se me olvidó decirte ¿No van a ir con mi apá?”, preguntó Valencia, nacida en Michoacán, a su hijo. “Me sentía nerviosa porque no hallaba teléfono; ya estoy tranquila, ya hablé”, dice después de colgar.

De los 300,000 teléfonos públicos que había en California en 1998, hoy apenas se cuentan 20,000, debido a la popularidad de los celulares. Pero buena parte de las casetas telefónicas que muchos creen extintas siguen operando en barrios latinos y de bajos ingresos, como el Este de LA.

Solo en un segmento de dos millas del bulevar Olympic, de la calle Indiana al bulevar Goodrich, hay 21 aparatos, casi uno en cada esquina, aunque no todos funcionan porque ha salido del mercado el 90% de los operadores y los han dejado a su suerte.

Pensar que ya no hay clientes es un error. “Cuando no tengo el teléfono lo uso casi cada tercer día”, comenta Eliseo Medina, preocupado por la desaparición de este servicio. “Por la Whittier hay muchos destruidos, por eso los han quitado. Antes por dondequiera había”, dice.

Demesio García, vecino del Este de Los Ángeles, dijo que él tiene celular pero recibe llamadas desde estos aparatos. “Yo tengo familiares y amigos que hablan por los teléfonos de la calle”, menciona.

El Concilio Americano de Comunicación Pública (APCC) lo confirma con estos datos: más de 5.1 millones de hogares estadounidenses no tienen servicio telefónico residencial. El 90% de las personas pobres carecen de celulares y en 2003 se procesaron 1.7 millones de llamadas por medio de casetas telefónicas.

“Parece que hay una creencia popular de que nadie usa teléfonos públicos pero eso no es cierto”, expone Mark Thomas, creador de Payphone Project, que defiende a los usuarios.

Desde 2007, no obstante, han dejado de operar casi la mitad de las casetas y las áreas habitadas por minorías han experimentado el doble de desconexiones. “Los consumidores que dependen de esto están siendo perjudicados de manera desproporcionada”, lamenta APCC.

Los proveedores están tratando de revertir la tendencia negativa (que cae en una tasa anual del 10%) ofreciendo servicios adicionales, como banda ancha. “Este es el primer paso para sobrevivir”, dice Rafael Groswirt, presidente de Alliance Payphone, una empresa que crece con este concepto.

Hijo de padre tapatío, Groswirt está aprovechando el creciente uso del Internet en Los Ángeles vendiendo esta idea: deposite unas monedas en la cabina y reciba Internet de calidad. Al tiempo que habla a favor de la “necesidad básica, casi como respirar” de comunicar a las personas. Alliance opera mil de las seis mil casetas públicas en el área de Los Ángeles. En todo el estado se registran 120 mil llamadas al mes.

“Dicen ‘es que casi no se usa’, pero ese ‘casi’ es muy importante”, expone. “La necesidad de hacer llamadas es imperiosa, entre que el celular se descompuso, se perdió o no se pagó la cuenta, la gente usa el teléfono público una o dos veces por año y si sumas eso es suficiente para que podamos vivir”, afirma Groswirt.

Verónica Guzmán, administradora de Alliance Payphone, insiste que sin los hispanos la industria estaría peor. “Hay veces que hasta duran una hora hablando con sus seres queridos, en días festivos o cuando llegan de sus países; así les avisan que están bien o a veces no tienen cinco dólares para comprar una tarjeta [telefónica] pero sí 50 centavos”, indica Guzmán.

Aunque reclama que a veces no ofrecen los minutos prometidos, la señora Valencia cruza los dedos para seguir viendo teléfonos públicos en el este del condado.

“Hay pocos, ojalá que siempre existan”, dice.