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Un sermón que no precisamos

Precipitándose temerariamente en la tienda de cristal que son las relaciones méxico-americanas, el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, dijo recientemente que estaba “indignado” por la conducta de su vecino.

Pues somos dos. Como mexicano-americano cuya lealtad cae en el lado “americano” del guión, yo también me siento un poco indignado —en cuanto a Peña Nieto. El presidente mexicano expresó a Univisión, que está molesto porque el gobierno de Obama está deportando a tantos inmigrantes mexicanos.

La reforma migratoria es importante para Arnold Torres. Este analista de políticas que reside en Sacramento, California, es mexicano-americano —o con más precisión, se considera a sí mismo “Chicano”. Torres nació en Estados Unidos, como también lo hicieron sus padres, mientras que sus abuelos lo hicieron en México. La visión del mundo de Torres es inconfundiblemente estadounidense, y piensa que su tierra ancestral no obtiene suficiente escrutinio.

“Hay que examinar el motivo por el que la gente se traslada,” dijo Torres. “Es imposible echar la culpa únicamente al país receptor. Hay que observar el país emisor y qué es lo que está o no haciendo para terminar enviando esta gente afuera.”

Además, dejemos en claro: Los individuos que el gobierno de Obama deportó en los últimos cinco años estaban en el país ilegalmente. Peña Nieto debería, por lo menos, reconocer ese hecho, especialmente puesto que México es notablemente duro con los inmigrantes que cruzan su frontera sur ilegalmente de Centroamérica.

Sin embargo, el presidente mexicano también está en lo correcto al percibir que algo no funciona. Desde que Obama asumió su cargo y se propuso aflojar la presión que, según él y otros restriccionistas del partido demócrata, ejerce la inmigración ilegal sobre los estadounidenses de clase obrera, el Departamento de Seguridad del Territorio se ha convertido en un campeón de la burocracia federal. Casi 2 millones de deportaciones, y cientos de miles de familias deshechas, no es nada de que vanagloriarse. No se logra ese resultado siguiendo la rutina. Se llega a esas cifras estableciendo cuotas mensuales, obligando a la policía local a imponer las leyes de inmigración y deportando individuos a los que solíamos dejar en paz —como a víctimas de violencia doméstica y vendedores de tamales a la salida de las grandes tiendas.

Yo puedo decirlo. Pero Peña Nieto no puede hacerlo. Su trabajo esencialmente le impide realizar toda crítica de los Estados Unidos por el tratamiento que éste da a grupos de personas, que huyeron de un país que no los quería cuando se fueron —y que, sin duda, no los quiere de vuelta.

Este revuelo no se centra en la preocupación de millones de inmigrantes mexicanos que se fueron en busca de tierras más prósperas. Se centra en la preocupación por la economía mexicana, que Peña Nieto quiere mantener en negro. El país está pasando por una recuperación frágil. Y a sus líderes les preocupa que la fuerza laboral mexicana no pueda absorber otro millón de deportados de los Estados Unidos —un hito que Obama, al ritmo actual de deportaciones, alcanzará fácilmente antes de terminar su período.

A Peña Nieto debería preocuparle arreglar su país. Podría encarar la corrupción institucional, la expansión del comercio, aliviar la desigualdad de ingresos y proporcionar fuentes de trabajo para que su propia gente no tenga que aventurarse al norte y sufrir en manos de esos fríos y desalmados estadounidenses.

Eso sí que es falta de conciencia —y de vergüenza.

The Washington Post Writers Group

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