El maldito arte de la queja

Álex Ramírez-Arballo escribe para contribuir a la formación de gente interesada en los valores de la persona y el diálogo
Sigue a El Diario NY en Facebook
El maldito arte de la queja
Asume el día a día como una oportunidad y una escuela.
Foto: Shutterstock

Hace ya algunos días que traigo estas cosas en la cabeza, aunque le he sacado la vuelta al asunto porque sé que corro el riesgo de que más de alguno o alguna piense que lo único que busco es hacerme el macho delante de la gente: nada más alejado de la realidad.

Si escribo es porque el único escenario que tengo a mano es la página en blanco y mi único medio de comunicación estas palabras que, si bien es cierto son torpes y espontáneas, buscan ser siempre lo más verdaderas posible, ustedes lo saben; algo más: siempre he tenido la sólida convicción de que también uno puede ayudar a los demás escribiendo y hablando. Si puedo interpelar para bien a una sola persona, entonces todo el esfuerzo y el tiempo dedicado a escribir estas páginas habrá valido la pena.

Vivimos en tiempos privilegiados. La tecnología, el desarrollo en campos como la medicina y las telecomunicaciones, así como la accesibilidad a la formación y la información hacen de esta época un escenario sumamente propicio para el desarrollo de la persona y sus talentos. Pensemos, por ejemplo, que apenas dos generaciones atrás, nuestros abuelos tenían que luchar contra el hambre, la violencia social, las enfermedades y la ignorancia: el salto generacional es cuántico.

Mis abuelos me contaban historias de terror que habiendo ocurrido apenas unos cuantos años atrás, parecen salidas de una crónica del medioevo. Sin embargo, tengo la sensación de que, lejos de sentirnos dichosos por lo que hemos conseguido como especie, abunda y sobreabunda un derrotismo dramático y exagerado; parece ser que nos quejamos de todo y por todo, tal como lo hacen los niños consentidos que, teniendo resueltas muchas de las complicaciones naturales de la vida, se dedican, por aburrimiento o inmadurez, a lloriquear y demandar la excesiva atención de los demás. Como diría el general Álvaro Obregón (ex presidente mexicano) en una carta dirigida a su hijo: “Esos ineptos”, refiriéndose a los jóvenes miembros de las clases económica y políticamente encumbradas.

Nadie podría acusarme nunca de pesimista o determinista: tengo miles de palabras escritas y publicadas en defensa de la imaginación, la creatividad y los sueños, el crecimiento evolutivo de la persona, la plenitud y la felicidad que son hijas de una vida con sentido; sin embargo, tampoco nadie podría llamarme jamás ingenuo: sé -como lo sabemos casi todos- que la vida es difícil, que la competencia es carnicera y que, sobre todo, las cosas muchas veces no son justas: ser extranjero y no ser blanco es algo que te enseña muy valiosas cosas, ya lo verás.

Vivir, pues, es un asunto que demanda pasión, energía y compromiso para nadar corriente arriba día tras días, noche tras noche; el camino a los breves éxitos se encuentra plagado de innumerables obstáculos y dolorosas caídas. Sí, todo esto es verdad, sí…¡Pero, ¿y?!

El esfuerzo y la perseverancia parecen tener poco prestigio hoy en día: veo a muchachitos recién nacidos reclamando para sí los honores de una supuesta genialidad y un merecimiento absolutamente inexistente. Todos quieren ser generales de la noche a la mañana. Si nuestros abuelos se hubieran puesto a llorar o exigir aplausos en lugar de poner manos a la obra, seguiríamos viviendo en las cavernas o entre las ramas de un árbol.

Nadie hará lo que a ti te corresponde, nadie vendrá a levantarte y limpiar tus lágrimas y tus mocos, nadie se compadecerá por tus tropiezos; incluso si así sucediera, eso no podrá ser nunca sucedáneo del esfuerzo y el merecimiento propio, que a su vez son la señal clara de una existencia madura y auténtica.

Conviene no olvidar esto: los que lloran a la menor provocación son perezosos y manipuladores, buscan conseguir a través del chantaje emocional aquello que desean pero que no están dispuestos a buscar desde la vergüenza personal y la decencia de un trabajo humilde y cotidiano.

De lo anterior derivo para mí un imperativo ético: el llanto sólo se ha de derramar en la tragedia. Hace mucho, pues, que levanté una muralla infranqueable entre las lágrimas de cocodrilo y mi propio corazón. En este mundo, desgraciadamente, la mayoría de las personas confunden sensibilidad y sentimentalismo. En lo que a mí respecta, declaro no “tener estómago” para lidiar con estos haraganes y cobardes; no me gusta perder mi tiempo, cada vez más escaso, por cierto, escuchando estupideces y justificaciones absurdas.

Agradece a Dios por lo que tienes, por las oportunidades –muchas o pocas-, por la inteligencia y el deseo, por tus amigos y socios, por las ideas que nacen en ti como un don auténtico de tu espíritu.

Asume el día a día como una oportunidad y una escuela; atiende bien, pon atención en los dolores y detalles, en el sufrimiento de la caída: ahí tienes un tesoro que la vida pone a tu disposición, se llama experiencia. No renuncies, continúa sin dramas ni aspavientos. Toma nota, escribe, habla con sencillez, atiende respetuosa y críticamente la voz de los que saben. No cometas el error de creerte experto en nada: todo lo nuestro es empezar y empezar otra vez, con los pies en la tierra y la clara conciencia de nuestras pequeñeces y debilidades. Anima a otros, contagia tu entusiasmo y no te censures nunca: tu vida no es una profesión o un estatus civil o una ideología, qué va, tu verdadera vida es eso que sientes cuando haces día y noche lo que amas, cuando aceptas para ti mismo y de cara a los demás tu más íntima verdad. Por si no lo sabes, esto es ser libre: no sentir nunca lástima de ti mismo.

Termino con una dosis precisa y creo que muy oportuna de realismo: si de verdad quieres ganar, prepárate para perder, y perder dolorosamente muchas veces. ¡Buena suerte con eso!

Te mando un abrazo.