Los nanocerveceros de Monrovia

Pacific Plate Brewing Company usa sabores latinos como la horchata en sus cervezas

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Los nanocerveceros de Monrovia
Stephen Kooshian, Steven Cárdenas y Jonathan Parada, propietarios de Pacific Plate Brewery, localizada en Monrovia.
Foto: Emilio Flores

@anabnieto

El día que Jonathan Parada de 29 años dijo a su familia que dejaba su empleo estable en LegalZoom.com para hacerse cervecero y abrir un negocio la sorpresa se la llevó él.

En vez de caras preocupadas o encontrar incomprensión, su abuela le dijo estar encantada. Ese fue el día que Parada supo que parte de su familia eran inmigrantes alemanes en Guatemala y los dueños de una de las dos cerveceras que había en el país a finales del siglo XIX.

Se trataba de Haeussler Hermanos de Quezaltenango que terminó siendo comprada por la competencia.

Sin saberlo, Parada volvía a sus raíces con una cervecera Pacific Plate Brewing Company, que es la más pequeña de todas las que tienen licencia en el sur de California y una de las tres latinas en EE.UU.

En esta aventura empresarial se embarcó acompañado de uno de sus compañeros de su anterior empleo, Stephen Kooshian, de 27 años, y otro amigo, Steven Cárdenas de 28.

Fue Kooshian, hijo de madre nicaragüense y padre armenio, quien mientras estudiaba historia en UCLA, decidió empezar a hacer cerveza como hobby. “Leí mucho en Internet, y compré el equipo necesario en una tienda que estaba a una milla de mi apartamento en Los Ángeles y es la única que lo vende de la ciudad”, dice antes de agregar con humor: “era el destino que estuviera tan cerca”.

Kooshian se interesó por la historia de esta bebida mientras hacía entre cuatro y cinco galones una o dos veces al año. La amistad con Kooshian hizo que Parada se interesara también y empezaron a hacer cerveza una vez al mes hasta que otro negocio les pidió que hicieran una especial para una fiesta.

“Es cuando pensamos que podíamos hacerlo profesionalmente”. Los conocimientos de Cárdenas, con su grado en químicas venían como anillo al dedo a un proyecto que, por supuesto, se selló una noche mientras disfrutaban unas cervezas.

El reto era dónde hacerlo. “Inicialmente queríamos estar en L.A. pero era muy costoso para un negocio pequeño sin millones para invertir”, dice este cervecero.

Los tres socios empezaron a buscar locales en los alrededores y antes de desembarcar en Monrovia, en el valle de San Gabriel, llegaron a otra ciudad en la que les dijeron que su negocio no era bienvenido. No les dejaban tener un tap room (el bar) que según estos empresarios es la clave de los beneficios que ya tienen aunque ellos mismos no se pagan mucho en salarios. Estos beneficios se reinvierten en crecer. “El tap room, que en nuestro caso es un punto de encuentro familiar es lo que paga las facturas”, apunta Cárdenas.

En Monrovia les abrieron las puertas. Gracias a una financiación inicial de unos $150,000 que juntaron con capital propio pero también de familiares, amigos e inversores que tienen un 20% de la empresa, abrieron las puertas hace apenas un año.

Tienen una producción pequeña de 15 barriles al mes. Kooshian afirma medio en broma y medio en serio que más que una micro brewery son una nanocervecera. Lo más significativo son los sabores que llegan de recetas inspiradas en su herencia latina como la horchata, el dulce de leche, el mango o el cardamomo. “Cuando decidimos abrir sabíamos que teníamos que ser muy nuevos, únicos”, dice Kooshian

Aunque los restaurantes locales sirven su cerveza, la mayoría se vende en grifo. En seis meses quieren tener entre 10 y 15 veces más producción de la que tienen hasta ahora y seguir disfrutando con lo que hacen

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