Suicidio asistido pone a médicos entre la espada y la pared

La práctica es rechazada por muchos que consideran que viola uno de los principios fundamentales de la medicina: salvar vidas

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Suicidio asistido pone a médicos entre la espada y la pared
Brittany Maynard, una paciente de cáncer terminal del cerebro, de 29 años, se suicidó el pasado 1 de noviembre en Oregón.
Foto: Archivo

La muerte de Brittany Maynard, la joven de 29 años que decidió quitarse la vida con la ayuda de un médico, tras ser diagnosticada con un cáncer cerebral incurable, reavivó la polémica nacional sobre el suicidio asistido.

Pero más allá del debate legal, político, religioso y moral, esta práctica tiene profundas implicaciones éticas para quienes, junto a los mismos pacientes y sus familiares, están directamente involucrados: los médicos.

El debate dentro de la misma comunidad médica es extenso y, a diferencia de lo que ocurre con la opinión pública, entre los galenos la oposición a esta práctica es muy marcada.

Desde la década de los 90, con el famoso caso del doctor Jack Kevorkian, un patólogo conocido como el “doctor muerte” porque ayudó a suicidarse a más de 130 personas, hasta el reciente caso de Maynard, son muchos los puntos en contra que han expresado los médicos sobre el polémico procedimiento.

Una encuesta publicada el año pasado en el New England Journal of Medicine (NEJM), reveló que un 69% de los médicos en Estados Unidos se mostró en contra de permitir la práctica del suicidio asistido.

“Una de las principales razones por las que muchos médicos se oponen a esto, es porque entendemos el gran poder que tenemos como médicos (lo que se conoce como el ‘poder de las batas blancas’), y sabemos que es muy fácil abusar de ese poder”, indica el doctor Daniel P. Sulmasy, director asociado del Centro MacLean para la Ética Médica y Clínica.

“Es una cuestión de hipocresía. Nosotros como médicos no deberíamos darle a los pacientes drogas letales aunque ellos las pidan y tampoco se las deberíamos sugerir”, agrega el galeno, quien es profesor de Medicina en la Universidad de Chicago.

Tanto la Asociación Médica Mundial (WMA), como la Asociación Médica Estadounidense (AMA), se oponen. La AMA indica en su código de ética que “El suicidio asistido por un médico es fundamentalmente incompatible con el papel del médico como sanador”.

En un comunicado enviado a este periódico, la AMA expresa que: “En vez de participar en el suicidio asistido, los médicos deben responder agresivamente a las necesidades de los pacientes al final de la vida. Estos no deben ser abandonados una vez que se determina que la curación es imposible”.

Un punto clave a tomar en cuenta en todo este debate es el papel que asume el médico frente a la muerte del paciente.

En el suicidio asistido por un médico, los doctores proporcionan a los pacientes con enfermedades terminales, como el cáncer, con los medios necesarios para poner fin a su propia vida antes de que experimenten gran dolor o sufrimiento. A estos pacientes se les recetan dosis letales de medicamentos (por lo general en forma de pastillas), y son ellos mismos los que deciden si las toman y cuándo hacerlo. Muchos nunca dan ese paso.

En el caso de la eutanasia, el médico no sólo receta las drogas letales al paciente, sino que también las administra directamente con el fin de provocar la muerte de enfermos incurables, para evitarles mayores sufrimientos físicos y psíquicos.

Para los opositores, el hecho de que un doctor desempeñe un papel directo en el suicidio de un paciente, contradice uno de los principios fundamentales de la medicina que es el sanar y salvar vidas. Creen que esta práctica viola un juramento del médico que es el de “no hacer daño”.

Muchos sostienen que los médicos, incluyendo a psicólogos, deben ofrecer cuidados paliativos hasta el final, para ayudar a los pacientes con enfermedades terminales a aliviar su sufrimiento al máximo hasta que llegue el momento de su muerte.

“No estoy de acuerdo con el suicidio asistido por un médico, porque no creo en el suicidio. No es sólo moralmente aceptable, sino moralmente preferible, el permitirle al paciente tener una terapia cuyo objetivo sea una muerte natural y pacífica”, asegura el doctor K. Allen Eddington, pediatra de cuidados intensivos en dos hospitales de El Bronx.

“Yo he estado en muchas situaciones de vida o muerte y no ayudaría o tomaría parte activa en terminar la vida de un paciente, pero sí tomaría acciones para reducir el dolor y hacerlos sentir lo más confortable posible cuando está claro que van a morir pronto”, agrega Eddington.

Los defensores del suicidio asistido por médicos destacan que esto ayuda a personas enfermas, que enfrentan una muerte inevitable, a terminar con su vida de forma digna y en sus propios términos, sin dolor y sufrimiento.

“Yo manejo pacientes muy enfermos y graves que no tienen ninguna posibilidad realista de recuperarse, y si no tienen esa oportunidad de vivir sin dolor, los podríamos apoyar a decidir por sí mismos cuándo quieren terminar con su vida”, dice el doctor Héctor Castro, doctor especializado en cuidados intensivos.

“El problema es que en este país hay muchas personas que no apoyan esto por razones morales, religiosas y políticas, pero si el paciente ha llegado a esa decisión, bajo total control de su capacidad mental, yo sí estaría de acuerdo”, enfatiza Castro.

Otros creen que si los doctores asisten a las personas en la natalidad, también deberían tener el mismo derecho de ayudarlas en su muerte.

Aunque buscan el mismo objetivo, lograr la muerte de un paciente, son dos prácticas diferentes.

  • En el suicidio asistido, el médico provee al paciente de la información y medicación necesaria para que el mismo paciente terminal se quite la vida.
  • En la eutanasia, es el propio médico el que inyecta la dosis letal que acabará con la vida del paciente.

Los métodos y drogas utilizados para lograr el suicidio asistido cambian de acuerdo a cada estado y a la situación particular de cada paciente.

Tomando el caso de Oregón, en donde murió Brittany Maynard, la principal medicina utilizada es el Secobarbital. Como segunda opción se prescribe Pentobarbital.

La persona debe tomar por lo menos 9 miligramos de la medicina, que es preparada por un farmacéutico. Se ingiere en una sola dosis y se recomienda hacerlo con el estómago vacío para facilitar la absorción.

Se ha informado que tras tomar la medicación, pueden pasar de 2 minutos hasta cuatro días para que el paciente muera.

  • 1,173 personas han obtenido prescripción de medicinas para acabar con su vida desde que se aprobó la ley en Oregón en 1997.
  • 750 pacienes usaron las drogas letales para suicidarse desde esa fecha.
  • Cada 40 segundos muere una persona por suicidio asistido en el mundo, según la Organización de la Salud.

El suicidio asistido por un médico es legal sólo en cinco estados de EEUU. Oregón fue el primero en aprobar la Ley de Muerte Digna (Death with Dignity Act ) en 1997. Los otros estados que la reconocen son Washington, Vermont, Nuevo México y Montana.

En una encuesta de Gallup de mayo pasado, 70% estuvo de acuerdo que cuando los pacientes y sus familias lo desean, a los médicos se les debe permitir “poner fin a la vida del paciente por algún medio sin dolor”.