¡No ahogues a tu pareja, te terminará odiando!

Amigos, esto nos pasa a los hombres y a las mujeres. Queremos tanto a nuestra pareja que quisiéramos encerrarla en una burbujita para que su atención fuera solo nuestra
¡No ahogues a tu pareja, te terminará odiando!
Lo que hacía Nachito no era amar a su novia, era literalmente ahogarla al exigirle tanta atención.

¿A quién no le gusta que lo quieran? A la mayoría de nosotros, nos encanta que nos besen, que nos abracen, que nos apapachen y que nos digan que nos aman. Sin embargo, parece que hasta para eso existe un límite.

Sí, creo firmemente que debe existir un límite en el amor. No hablo de ponerle una barrera a esos sentimientos tan lindos y a esas “maripositas” que sentimos en el estómago cuando queremos a alguien. Estoy hablando de evitar sofocar y ahogar a tu ser amado.

¡Amar no significa dejar de vivir! Cada vez que digo esto, me acuerdo de mi primo Nacho. En su juventud era un verdadero Don Juan con las damas. Si a Nacho le gustaba una chica, le mandaba fresas, chocolates, cartas, flores, perlas y un mensaje tras otro.

Nosotras, sus amigas, no entendíamos cómo  no tenía suerte en el amor. “Son unas malagradecidas”, se quejaba el pobre Nachito. “¿Cómo es que no valoran tanto cariño que les da mi primo?” Llegué a pensar, sin comprender por qué las novias de mi primo salían tan espantadas  después de unos cuantos meses. Mi percepción cambió el día en que mi  primo se enamoró de mi mejor amiga, y pude ver de cerca ambos lados de la moneda.

Mi amiga Rosa no podía creer que había encontrado un hombre tan detallista y que la llenara de tanto amor como Nacho. “Por fin encontró a su media naranja”, pensábamos todos. Sin embargo, la historia se repitió, y en menos de un año mi amiga terminó dejándolo y pidiéndole que estuviera lo más lejos posible de ella.

Lo que hacía Nachito no era amar a su novia, era literalmente ahogarla al exigirle tanta atención. Rosa ya no tenía vida por estar pendiente del teléfono, ya que Nachito se enojaba cada vez que tenía un detalle con ella y la pobre chica no respondía inmediatamente. Mi primo no entendía que ella tenía un trabajo, una vida, y que aunque estuviera locamente enamorada de él, no podía dejar de cumplir con su rutina diaria.

Amigos, esto nos pasa a los hombres y a las mujeres. Queremos tanto a nuestra pareja que quisiéramos encerrarla en una burbujita para que su atención fuera solo nuestra. No solamente cansa, sino que también es muy dañino. Mi amiga Rosita pasó de estar enamorada locamente de su novio, a aborrecerlo. Sus conversaciones dejaron de ser “te amo, mi amor”, a “¿por qué no me llamaste?”, y creo que terminó siendo una relación obsesiva y manipuladora.

Mi primo jamás entendió por qué siendo el hombre que era,  jamás tuvo suerte en el amor. Hasta el día de hoy piensa que son los demás que son desagradecidos y que no valoran todo lo que él les da. Yo creo que todo en exceso cansa. ¿Te gusta el chocolate? ¡A mí me encanta! Pero no me gustaría comerme una barrita  cada media hora. Creo que si fuera el caso, terminaría hastiada de tanto dulce. Chicos, chicas, así mismo pasa en el amor. Mi mamá siempre me dijo “mija, es bueno que de vez en cuanto nos extrañen”.

¿Y tú? ¿Te haces extrañar?

Espero sus comentarios,

@CarolinaSarassa

www.CarolinaSarassa.com