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La boutique del vino en el barrio más latino de NYC

El dominicano Francisco Díaz es dueño junto con su socio Patrick Duong de tienda que se está convirtiendo en un destino para los amantes de las catas

Francisco Díaz no cree que uno deba dedicarse a solo una cosa en la vida. Y este dominicano de 44 años, hace lo que piensa.

Diseñador de interiores de formación y profesión, Díaz ha trabajado durante años en la industria de los perfumes, es actor, futuro sumiller, pinta, cocina y es empresario en Jackson Heights, en el condado de Queens. En el que es uno de los barrios más latinos de la ciudad, Díaz junto con su socio, Patrick Duong, tiene desde hace aproximadamente dos años una elegante tienda de selectos vinos que poco a poco, cata a cata, se está convirtiendo en un centro cultural enológico en la zona. Se trata de Addictive Boutique Winery.

Díaz y Duong, claramente están disfrutando cada minuto de esta empresa, mientras mantienen otros empleos. “No se siente como trabajo, es como estar en casa”, explica Duong con una sonrisa. Es una casa para vinos que Díaz ha diseñado junto con su hermano, que es arquitecto, y a diferencia de las tiendas de licores de la zona no hay cristales protectores sino una exposición continua de vinos de todo el mundo en un acogedor ambiente que invita a la conversación y la degustación, algo que los dos socios están fomentando activamente con catas dos veces por semana a cargo de expertos representantes de las casas de vinos.

Pese a que este dominicano habla del vino con entusiasmo, sus planes como empresario no pasaban por poner este tipo de tienda. Pero los planes, ni siquiera los de negocios, no se escriben en piedra y cambian.

De hecho, en este mismo local abrieron primero una boutique de ropa. Díaz trabajó durante años en la industria de las fragancias. Empezó primero en Macy´s con Puig y pasó por Bloomingdales antes de terminar en la exclusiva Saks, trabajar para Victorinox Swiss Army y Barneys. Con esta experiencia, “lo aprendido entonces de grandes mentores”, y su formación pensó en una tienda de moda. “Esa mi fantasía”, dice Díaz, “si otros lo habían conseguido, por qué yo no iba a hacerlo”. “Teníamos diseñadores de Parsons y no eran productos caros”, cuenta Díaz.

Pero no funcionó. No era el estilo de ropa favorecido por las mujeres de la zona. Ante la situación, decidieron dedicar una parte de la tienda, que financiaron con sus propios ahorros, a vender vino, una bebida que considera “parte importante en las relaciones sociales”. Para su sorpresa, las botellas de $20 se vendían mucho más deprisa que los vestidos de $40. Los socios echaron cuentas y pivotaron sobre la idea para cambiarla.  “En cuatro meses acabamos con la moda para dedicarnos al vino”, resume Díaz.

Francisco Díaz y su socio Patrick Duong, en Addictive Boutique Winery./Gerardo Romo
Francisco Díaz y su socio Patrick Duong, en Addictive Boutique Winery./Gerardo Romo

Duong se encarga del marketing y tiene una estrategia cuidada en medios sociales para anunciar los eventos en la tienda o en los restaurantes donde también hacen catas. “Si no trabajas en medios sociales no vas a ninguna parte”, tercia Díaz.

Actualmente tiene 2,000 personas que reciben sus comunicaciones y no solo del vecindario sino también de Manhattan y Brooklyn desde donde llegan muchos profesionales que prestan servicios en la zona y los clientes de otro de los comercios del área, Despaña, una tienda clásica desde hace décadas con productos de la penísula ibérica y que es conocida en toda la ciudad. “Hemos tenido un tremendo apoyo de Despaña”, explica Díaz.

El dominicano, cuya familia tiene una tienda en su país, explica que la inquietud empresarial la ha heredado de su madre y añade que pone el 100% de si mismo en todo lo que hace.

Con el negocio todavía no hay ganancias porque siguen reinvirtiendo y prestando atención a detalles que quieren que hagan a Addictive Boutique Winery más única, como grabar botellas con nombres o fechas señaladas o tener una línea especial de bolsas. “Lo grande y lo bonito cuesta”, dice Díaz antes de explicar que normalmente los negocios empiezan a tener beneficios a los tres años “y eso es lo que estamos esperando”. No lo están haciendo con los brazos cruzados porque ya tienen un nuevo proyecto en marcha. “No hay ningún bar de vinos y tapas mediterráneas en la zona y vamos a abrir uno”, dice Díaz. “Siempre hay que hacer algo distinto”, explica.

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