La crisis política y social de Brasil opaca el espíritu olímpico a 100 días de los Juegos

Lejos de un clima festivo, reina la incertidumbre por el futuro de Dilma Rousseff
La crisis política y social de Brasil opaca el espíritu olímpico a 100 días de los Juegos
Las protestas se mantienen en todo Brasil.
Foto: EFE

Ya nadie se pregunta cuál será el país que se lleve más medallas; tampoco si se llegará a tiempo con todas las obras olímpicas; y hasta la temida epidemia de zika pasó a un segundo plano. Hoy, cuando se cumplen 100 días para que comiencen los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, los primeros a celebrarse en América del Sur, el gran interrogante es quién estará al frente de Brasil para la inauguración en el estadio del Maracaná.

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La tormenta política-económica-social que se bate en estos momentos sobre el gigante sudamericano ha generado un clima de incertidumbre tal que el espíritu olímpico se ha virtualmente evaporado del país y de la Cidade Maravilhosa.

La presidenta Dilma Rousseff enfrenta un proceso de impeachment que ya superó la primera prueba, en la Cámara de Diputados, y ahora su suerte está en manos del Senado, que a mediados de mayo decidirá si la aparta provisoriamente del poder mientras la juzga por delitos contables en un plazo de 180 días. Podría ser reemplazada por el vicepresidente Michel Temer -acusado ahora por el propio gobierno de conspirador golpista-, pero él podría durar poco en el cargo ya que pesan sobre él denuncias de corrupción como parte del escándalo de sobornos en Petrobras. Y si Temer también cayera por un juicio político, quien asumiría el poder temporalmente -hasta llamar a nuevas elecciones dentro de los 90 días-, sería el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Cunha, ya directamente imputado por el Supremo Tribunal de Justicia por beneficiarse del “petrolão” aunque se ha negado a renunciar. Y en caso de que Cunha tampoco sobreviviera, quien tomaría las riendas sería el presidente del Senado, Renan Calheiros, también señalado como parte del esquema de sobornos de la petrolera estatal. Podría parecer una carrera de relevos, que por ahora no forma parte de las competencias olímpicas.

Estos Juegos Olímpicos serán un mensaje de esperanza en tiempos difíciles“, se atrevió a señalar el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, la semana pasada en Grecia, durante el encendido de la antorcha que vendrá a Río. Aún más optimista, el titular del Comité Organizador de Río 2016, Carlos Nuzman, pronosticó que la llama olímpica “trae un mensaje que puede y va a unir a nuestro querido Brasil”.

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Sin embargo, a la tradicional ceremonia en la Antigua Olimpia faltaron Rousseff, que intentaba apagar incendios políticos domésticos, y el alcalde carioca, Eduardo Paes, quien debió regresar de urgencia a Río tras el vergonzoso derrumbe de una ciclovía suspendida al borde del mar -inaugurada tan sólo tres meses atrás como “legado” olímpico para la ciudad-, episodio en el que perdieron la vida dos personas. El trágico incidente volvió a llamar la atención sobre la efectividad de las promesas hechas por las autoridades brasileñas en 2009, cuando Río fue seleccionada como sede olímpica, y a poner bajo la lula la calidad de las obras planificadas, muchas de ellas contrarreloj y realizadas por constructoras envueltas en sospechas de corrupción, sea del esquema de Petrobras u otros.

Trabajo contrarreloj

La gran mayoría de las instalaciones deportivas en los cuatro “clusters” olímpicos -el Parque y la Villa Olímpica en Barra de Tijuca; Deodoro; Copacabana; y la zona del Maracaná– ya están en terminadas o listas en un 98%. Los únicos retrasos significativos se presentan en el Velódromo (Barra) y en la pista de atletismo que aún debe ser colocada en el Estadio Olímpico João Havelange (en la región del Maracaná), pero se confía en que se acabarán a tiempo.

Más preocupantes son las obras paralelas, sobre todo la limpieza de las contaminadas aguas de la Bahía de Guanabara -donde se harán las pruebas de vela- y de la Laguna Rodrigo de Freitas -competencias de remo-, y la movilidad intra-urbana, con la muy demorada extensión del metro desde Ipanema hasta Barra de Tijuca.

Se suponía que la Bahía debía estar descontaminada en un 80% para este año, pero con suerte se llegará a un 60% para el 5 de agosto, cuando se inicien los Juegos. Al final se diseñó un sistema-cinturón para evitar que las aguas residuales lleguen a la Marina de Gloria, pero el problema de base continúa.

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En cuanto al metro, las autoridades han prometido que en julio empezarán los tests de la nueva línea de trenes subterráneos, pero recién a principio de este mes se terminaron de excavar los túneles. Nadie lo quiere aceptar públicamente, pero la Alcaldía ya tiene preparado un “plan B”, que supondría el reemplazo del metro por un sistema de buses con carriles exclusivos, como los otros corredores similares que ya han sido implantados en la ciudad en los últimos años; sería una alternativa para el traslado de visitantes hasta el Parque Olímpico, pero generaría más caos en el tránsito de toda la ciudad.

Luego, más allá de los temores por el mosquito Aedes aegypti -transmisor de los virus de zika, chikungunya y dengue-, o el nuevo brote de gripe A1, el miedo más latente es que la profunda crisis política y la aguda recesión que vive Brasil -con una contracción estimada del PIB en 3,88% para este año, después de una caída del 3,8% en 2015 que llevó el desempleo al 10%- sirvan de combustible para la convulsión social, como sucedió desde las protestas de junio de 2013 hasta el Mundial de Fútbol de 2014.

Los sindicatos y los movimientos sociales alineados con el oficialista Partido los Trabajadores (PT) ya han advertido que si el proceso de impeachment contra Rousseff avanza, lanzarán una feroz resistencia en las calles, con movilizaciones constantes, huelgas generales, bloqueos de rutas, ocupaciones de edificios públicos e invasiones de tierras.¡Que empiecen los Juegos!