La odisea de los chinos en Puerto Rico

Un historiador chino-boricua narra la poco conocida historia de esta comunidad, que se remonta a dos siglos atrás
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La odisea de los chinos en Puerto Rico
Restaurante chino en Coamo, Puerto Rico, 1992

¡El chinito quiere arroz frito… de Puerto Rico!

Así empieza el éxito de El Gran Combo “Ojos chinos”, que se puede ver como un guiño sobre cómo los caribeños ven lo chino como algo simpático, exótico y muy lejano. Sin embargo, no es tan lejano si se tiene en cuenta que en la isla hay 17,000 residentes y hasta 600 restaurantes chinos, que superan en número a los establecimientos de comida rápida.

Y no se trata de recién llegados. En su libro “Los Chinos en Puerto Rico” (Ed. Callejón, 2015) el historiador y profesor universitario José Lee Borges explica que la presencia asiática en la isla se remonta a finales del siglo XIX, cuando llegaron cientos de convictos chinos procedentes de Cuba, y muchos se quedaron y establecieron familias.

“Yo siempre le digo a los estudiantes que aquí se habla mucho que el puertorriqueño es una mezcla del español, el africano y el indio, pero realmente es mucho más complejo que eso,” explica Lee Borges en conversación telefónica. “En Puerto Rico es muy común que usted vaya a cualquier barrio y hay alguien al que apodan ‘el chino’ y tiene los ojos rasgados. Entonces, la gente posiblemente no sabe que quizá su antepasado era de ascendencia china”.

Afó, natural de Cantón. Llegó al Presidio de Puerto Rico el 10 de septiembre de 1879. /Archivo General de Puerto Rico

Al escribir el libro, Lee Borges partió de su propia experiencia, ya que su padre era chino y su madre cubana; ambos se conocieron en Cuba en los años 50. “Lo curioso es que él sale de China huyendo del comunismo, y llega a Cuba y se encuentra con el comunismo de Fidel Castro y tiene que huir también”, dice el historiador, quien recuerda que su padre comía rapidísimo. “Él cuando pequeño pasó mucha necesidad, mucha hambre, y él me lo explicó: ‘Si no como rápido los demás hermanos míos comen más rápido que yo, y me quedo sin comer’. Ahora a veces mi esposa me dice ‘comes demasiado rápido’. Y yo: pues a lo mejor lo aprendí de mi papá”.

De su padre dice que aprendió costumbres como la disciplina y la puntualidad, aunque reconoce que los rasgos orientales que también heredó le dieron dolores de cabeza en la infancia. “La gente se reía, me preguntaba si en mi casa comíamos perros, gatos; en el comedor me daban dos lápices y me pedían que comiera con palitos”, recuerda. “Pero también entiendo que para esa época, inicios de los 80, no había muchos chinos en Puerto Rico y a la gente le parecía extraño”.

Peor que los esclavos

La mayor parte de “Los Chinos en Puerto Rico”, que recibió distinciones del PEN Club Puerto Rico y el Instituto de Literatura Puertorriqueña, se centra en el siglo XIX, cuando cientos de miles de chinos emigraron al continente americano coincidiendo con el declive de la trata de esclavos africanos. Muchos fueron contratados por haciendas azucareras cubanas, donde las condiciones de trabajo eran inhumanas.

“Los dueños no les cumplían los contratos en muchas ocasiones –no les pagaban, no les daban comida. Y muchos de estos chinos se rebelaron, y cuando se rebelan terminan matando al mayoral, o a dueño de la hacienda, y ahí los ponen como presos confinados”. Las penas por asesinato iban de 10 años hasta cadena perpetua, y las autoridades coloniales españolas les mandaban a presidios en República Dominicana (hasta que se independizó) y Puerto Rico, donde principalmente se les consignó a realizar trabajos forzados en la obra de la Carretera Central, que cruza la isla.

En su investigación, el autor detectó unos 350 de estos casos entre 1865 y 1880, pero podrían ser más porque es difícil identificarlos. “A muchos de ellos les ponían nombres cristianos como Juan, José, Pedro, y les ponían un número de apellido. Obviamente pierden su identidad completamente”, explica Lee Borges. “Yo he encontrado estudiantes míos en la universidad que son de apellido Primero, de apellido Segundo, y yo les pregunto ‘¿Tú sabes de dónde viene?’ ‘Sí, a mí me dijo mi abuelita que sus tatarabuelos eran chinos…’”.

Una obra sobre el trajinar de los chinos en la Isla del Encanto.

El libro rescata historias extraordinarias como la de Gaspar Reyes, un confinado que tras cumplir su condena acabó siendo el cocinero del obispo de San Juan. Pero sobre todo el relato arroja luz sobre la poco conocida tragedia humana del cruel maltrato de cientos de miles de trabajadores asiáticos en las Américas.

“Cuando digo que estos chinos eran tratados a veces peor que los esclavos la gente me dice ¡ah, pero estás exagerando!”, reflexiona el autor. “Y yo: bueno sí, porque a ellos se les pagaba si trabajaban. O sea, usted los podía poner a trabajar 15-20 horas al día y si se morían pues ya no tenía que pagarles. Al esclavo africano usted lo compraba y usted quería que el esclavo durara lo más posible, o sea que usted lo trataba bien, le daba buena alimentación, pero el chino si se moría eso no le importaba a nadie”.

Además, como los trabajadores no conocían el idioma, “no tenían cómo defenderse, cómo ir a la justicia, nadie les hacía caso, y terminan muchos de ellos suicidándose”, explica Lee Borges. “En Cuba, la tasa de suicidios más grande durante el siglo XIX fue de los chinos, por la frustración y la impotencia”. De hecho, el autor asegura que la expresión “que no te engañen como a un chino”, que todavía se usa en Puerto Rico, proviene de esa época.

Ahora, Lee Borges está trabajando en otro libro que contará en detalle el resto de la historia: desde la presencia de populares heladerías chinas en varios pueblos, hasta fenómenos culturales como la canción de El Gran Combo.

“Yo no he estudiado bien el caso de la canción porque ese libro yo lo concentré en el siglo XIX y principios del XX”, dijo. “Ahora me estoy concentrando en lo más contemporáneo, y pienso estudiar todo eso de las canciones y otras cosas más”.

La Carretera Central 1901-1903. /Biblioteca del Congreso de los EEUU