Editorial: “Acoso sexual: ya basta de silencio”

La cosificación de la mujer se la muestra como algo gracioso. Esto  normaliza el acoso sexual al ponerlo como algo divertido
Editorial: “Acoso sexual: ya basta de silencio”
La cosificación de la mujer es tomado como algo gracioso.

El escándalo que sacude a Hollywood es demasiado conocido. Un hombre se aprovecha de su situación de poder ante una mujer para obtener favores sexuales, incluso por la fuerza.

El caso del productor cinematográfico, Harvey Weinstein, sorprende porque su mal comportamiento era un secreto a voces conocido y tolerado por el ambiente. Hoy ya no lo es, y según los desarrollos, su escarmiento será un ejemplo para desalentar a otros individuos con actitudes similares.

Que pena que este desenlace no es el más común.

El mejor ejemplo está en la Casa Blanca. El candidato Donald Trump alardeó cómo manoseaba a las mujeres, aprovechándose de su fama, y fue electo presidente.

Esta es una muestra de la magnitud del problema. Se podría decir que en nuestra cultura latina el acoso es aún peor, por ser más aceptable.

Es difícil afirmar que se toma en serio cuando en la televisión, por ejemplo, la cosificación de la mujer se la muestra como algo gracioso. Esto  normaliza el acoso sexual al ponerlo como algo divertido.

Las escenas del jefe y la secretaria, del patrón y la mucama, son algunas de las situaciones de hostigamiento que abundan en la pantalla. No es raro después que la cultura laboral de las empresas que explotan esos valores sea similar en el trato de sus empleadas.

Lo mismo ocurre con los piropos que pueden ser poéticos como groseros. Usualmente el que lo dice no reconoce la diferencia. De todas maneras son invasiones a la privacidad, son comentarios no solicitados que pueden perjudicar de muchas maneras a la persona que lo recibe. Mejor quedarse callado.

Esta recomendación de silencio para el hombre no se extiende a la mujer. La denuncia del agresor es un recurso importante. Es importante levantar la voz y que hombres y mujeres sean solidarios con las que se hacen escuchar.

Esta no es una cuestión de género, de diversos puntos de vista o de las distintas costumbres culturales.

El insulto, la manoseada y el acoso sexual son tan repugnantes para una mujer estadounidense, como para una latina o una musulmana. Ni hablar de esa violación cuando alguien se resiste a comprender que “no”, es no.

La mujer inmigrante está todavía más vulnerable a este tipo de agresión. A la inseguridad de estar en una sociedad desconocida se suma la amenaza real de que el rechazo a los avances de un empleador pueda terminar en una deportación.

Hay recursos gratuitos y servicios legales de apoyo. Pero eso es insuficiente para detener al acosador que cree que es simpático, sensual e inofensivo cuando insulta de palabra y de acción. Si es un jefe mucho peor.

Estos individuos deberían imaginar si les gustaría que sus madres y sus hijas estén en la misma situación que ellos colocan a las mujeres. Otra sería la historia.