El cártel de Sinaloa visto desde dentro

No hay una estructura piramidal, es decir, no hay un líder formal, ni debajo de este otros líderes que funjan como gerentes ni mucho menos
El cártel de Sinaloa visto desde dentro
El Chapo permanece en una prisión de Colorado.
Foto: DEA

MÉXICO – La organización criminal que impera en Sinaloa, señalada como la que lideró Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, o Ismael Zambada García, “El Mayo”, no es como se ha tratado de contar.

Desde dentro de la organización explican que en esta no hay una estructura piramidal, es decir, no hay un líder formal, ni debajo de este otros líderes que funjan como gerentes ni mucho menos.

Hay, sí, grupos criminales que se han adaptado a territorios y formas para la producción, comercialización, venta y ganancia sobre drogas ilegales con cabezas visibles, pero que actúan de forma independiente, no sujetas a un liderazgo totalitario.

Todos estos grupos actúan en conjunto en situaciones que pongan en riesgo esa organización. Como ejemplo, señalaron a Grupo REFORMA, el operativo que se hizo para evitar la detención de Ovidio Guzmán López, hijo de “El Chapo”.

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En Culiacán, a casi un mes del llamado “Jueves Negro” o “Culiacanazo“, la conversación permanece vigente.
Todavía se habla de esa tarde en la que grupos armados paralizaron la ciudad para evitar la detención de Ovidio Guzmán López, hijo de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien el 12 de febrero de este año fue declarado culpable en Nueva York por delitos de narcotráfico.

El Gabinete Federal de Seguridad reconoció haber empleado un operativo fallido, con inconsistencias desde su origen sin que, a la fecha, se cuente con una persona responsable del desastre ocurrido en Culiacán, el llamado epicentro del “Cártel de Sinaloa”.

Ese día, el 17 de octubre, hubo 19 bloqueos, 14 enfrentamientos, centenas de balas disparadas, 13 personas asesinadas, entre ellos víctimas civiles, elementos de la Guardia Nacional y el Ejército.

Hubo también amenazas contra familiares de soldados en la zona habitacional 21 de Marzo y en contra de militares en las bases de Cosalá, Badiraguato y San Ignacio, según informó Luis Crescencio Sandoval, Secretario de la Defensa, el 30 de octubre.

Se sometió, pues, al Ejército y a una ciudad en menos de 30 minutos para evitar una detención, con una serie de actos violentos que para Tomás Guevara Martínez, doctor en Ciencias Sociales y catedrático por la Universidad Autónoma de Sinaloa, así como coordinador del Laboratorio de Estudios Psicosociales de la Violencia, no fue sino una demostración de un grupo de no verse, ni sentirse, superados.

“Yo creo que no es tanto la posición o influencia de Ovidio, sino era más bien la necesidad de mostrar que no estaban dispuestos a eso, como que era un atentado contra la organización, parece que así lo miraron, de ahí esa reacción tan violenta. Fue dar un golpe de poder, más que de autoridad”, dice.

“Se tambaleaba una estructura que está queriendo reposicionarse y creo que la respuesta fue tan abrupta, tan dramática y también tan violenta que me da la impresión de que fue contraproducente para ellos”.

Esa acción violenta, considera el investigador, debilitó la imagen creada en torno a la narrativa de beneficencia que se había mostrado.

“Si la idea era mostrar el reposicionamiento de la organización, yo creo que ante la sociedad fue el contrario, yo creo que la sociedad ahora no ve con buenos ojos ese tipo de posturas, de demostraciones de fuerza fallidas”, asegura.

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Las preguntas surgieron después del 17 de octubre:

¿Quién es Ovidio Guzmán y qué importancia tiene?, ¿por qué darle mayor peso a una figura que, según los parámetros públicos de los Gobiernos de Estados Unidos y México no aparece como una figura preponderante?, ¿quién o quiénes son los líderes de esta organización delictiva llamada Cártel de Sinaloa?

Fuentes consultadas por Grupo REFORMA, quienes solicitaron anonimato, explicaron que el Cártel no es una sola familia y tampoco una organización como los gobiernos de México y Estados Unidos han querido señalarla.
Son, en cambio, varias familias que comparten un mismo territorio y a veces hacen negocios juntos.

Así, bajo ese esquema, el “Cártel” es una organización compuestas por un cúmulo de organizaciones que coinciden en estrategias, territorio y productos para traficar de forma ilícita.

“El Cártel es un concepto completamente de la DEA”, dijo una fuente a Grupo REFORMA.

La organización se conforma de distintos grupos, entre ellos los de Ismael Zambada García, la familia Cázarez Salazar, la familia Flores Cacho, el grupo de Rafael Caro Quintero, la familia Fuentes Villa, la familia de Juan José Esparragoza Moreno, los hijos de Joaquín Guzmán Loera, la familia de Héctor Román Angulo y la familia de Dámaso López Núñez, entre otros.

De estos, sobresalen nombres y personajes, como el de Ismael Zambada García, “El Mayo”, y Rafael Caro Quintero, pero ninguno de ellos ha sido, a la fecha, seleccionado como un líder máximo, explican los informantes.

“Hay muchos grupos independientes que no rinden cuentas a ningún grupo grande, sino que les pagan por el transporte de droga”, se explica.

Cada uno de esos grupos puede tener métodos de distribución de drogas, de transporte y de territorio de venta distinto, pero tienen la capacidad de llegar a acuerdos para evitar confrontaciones o para completar su trabajo.

“Por ejemplo, si tienen una avioneta que puede transportar mil kilos, pero un grupo lleva 500, entonces se juntan con otro y cada quién paga para completar, pero no es que sean las ganancias para alguien, sino para cada grupo”, se indica.

Ese tipo de organización, en la que concurren distintas organizaciones, ocurre con el resto de las organizaciones delictivas del País, es decir, el Cártel Jalisco Nueva Generación, el Cártel del Golfo, entre otras, que tienen el mismo proceso y composición.

Son grupos, la mayoría pequeños, que llegan a acuerdos para apoyarse en negocios ilícitos o para protegerse, como sucedió el 17 de octubre en Culiacán, cuando distintas bandas se unieron para evitar la detención de Ovidio Guzmán López.

“El Cártel como tal es un mito, son familias, son facciones”, asegura un informante.

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La narrativa ha sido distinta: cárteles, líderes de plaza, sicarios, narcotraficantes, halcones o punteros, puchadores (narcomenudistas), células delictivas, operadores financieros, entre otras frases y palabras que se comunicaron por vías oficiales como nuevos significantes.

Ese discurso se repite en notas de prensa, películas, series de televisión o servicio de streaming y corridos.

Para Oswaldo Zavala, profesor asociado de literatura latinoamericana en el College of Staten Island y en el Graduate Center de la City University of New York, así como autor del libro “Los cárteles no existen” (“Malpaso”, 2018), eso ha logrado consolidar una falsa concepción de los grupos criminales.

“Yo creo que eso que llamamos cártel es la metáfora que utilizan las autoridades estadounidenses para designar una dispersión de grupos”, señala.

El problema para Zavala consiste en que ese discurso es poco verificable, los datos no son consistentes y atrae consigo desinformación al respecto de qué son y cómo funcionan esas organizaciones.

“Tienes momentos en que la DEA dice que el Cártel Jalisco Nueva Generación es el cártel más potente de México, luego dice que no, que es el Cártel de Sinaloa, de repente las cifras son totalmente fantasiosas”, asegura.

“De repente dice que hay presencia del Cártel de Sinaloa en 51 países, luego que 53, luego que 48 y he escuchado cifras como las que dice (Edgardo) Buscaglia, que Sinaloa tiene presencia en 81 países del mundo, entonces hay inconsistencia en las cifras que son de dichos de autoridades estadounidenses que no son verificables”.

Como ejemplo, recordó el proceso penal de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien fue llevado a tribunales en el llamado “Juicio del Siglo” por ser considerado el líder de una organización criminal que es calificada por el Gobierno estadounidense como la tercera de mayor poder en el mundo.

Sin embargo, ahí, frente a los fiscales estadounidenses, la defensa alegó algo que no pudo ser combatido: el líder no era Guzmán Loera, sino Ismael Zambada García. La Fiscalía quedó sin opciones, porque resultó, también para ellos, un discurso poco verificable.

Lo mismo, prosigue Zavala, ocurrió cuando se intentó revelar la fuerza económica de la organización y las formas de trabajo de todos los grupos que son considerados como el “Cártel de Sinaloa“.

Sin embargo, el discurso se ha mantenido con el propósito, sostiene Zavala, de mantener la ocupación militar en las ciudades y regiones del País donde es tratado el tema como de seguridad nacional y no de salud pública.

“Este lenguaje legitima las acciones de gobierno más brutales, como la militarización o la utilización de congelar cuentas bancarias, someter a examen a un país como México y también, por supuesto, la oportunidad que genera la militarización como negocio”, asegura.

“El Plan Mérida o el Plan Colombia fueron jugosísimos negocios para el Gobierno estadounidense, ni hablar de la circulación de armas. Este lenguaje legitima que haya partidas presupuestales extraordinarias para agencias como la DEA, la CIA o el Ejército”.

Zavala establece que en la Administración de Andrés Manuel López Obrador no se ha podido superar ese lenguaje, pese a la propuesta de pacificación que se estableció desde campaña.

Ese fallo, dice, se está a tiempo de superar, pero implica que todos los integrantes de su gabinete opten por cambiar el lenguaje y estrategia para la disminución de la violencia y lograr la pacificación nacional.