Editorial: Imperialismo en la era Trump
Aceptar como lógica la intervención estadounidense crea un antecedente aceptable para que Rusia secuestre líderes de otro país o China intervenga en Taiwán.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante una rueda de prensa junto al secretario de Estado Marco Rubio, el 3 de enero, desde Palm Beach (Florida). Crédito: Nicole Combeau | EFE
La operación para extraer de Venezuela al ex presidente Nicolas Maduro tiene el sello de las nuevas prioridades de seguridad nacional del presidente Donald Trump, que considera como propio el acceso a los recursos naturales aunque sea por la fuerza. Estados Unidos hoy es el dueño de Venezuela, con su petróleo y la colaboración del régimen bolivariano sin Maduro.
La palabra democracia no figura en las prioridades estadounidenses. Lo que interesa es una transición segura, adecuada y prudente a cargo de la chavista Delcy Rodríguez, lo que hace sospechar de que haya habido acuerdos debajo de la mesa.
De lo que no cabe duda es la caída de quien era la principal figura de la oposición, Maria Corina Machado, que pasó de ser el Premio Nobel de la Paz a ser una mujer simpática según el secretario de Estado, Marco Rubio.
El interés principal de Trump es la estabilidad política a toda costa que permita a las empresas operar de inmediato la industria petrolera local y evitar el caos ocurrido en la invasión a Irak. La transición no es a una democracia sino a un estado en donde Estados Unidos pueda vender petróleo a China y Rusia si así lo desean.
Por otra parte, el festejo del exilio es comprensible ante la caída de un dictador que mantuvo su régimen represivo durante dos décadas a fuerza de violencia y fraude electoral. Los venezolanos tienen derecho a una vida digna y a mejores gobernantes que Maduro.
Dicho esto, la acción envía un mensaje equivocado.
El aceptar como lógica la intervención estadounidense crea un antecedente aceptable para que Rusia secuestre líderes de otro país o China intervenga en Taiwán.
Esta no es una suposición sino que es una posibilidad establecida en la nueva estrategia de seguridad nacional de la Casa Blanca que nos retrocede a la era de la Guerra Fría en donde las potencias tienen sus esferas de influencia para operar como ellas quieran. En este caso creer que una acusación en un tribunal estadounidense es suficientemente legal para secuestrar a jefes de Estado.
Como suele ocurrir en las decisiones de Trump, la confusión reina sobre la autoridad del Poder Ejecutivo para esta acción.
Trump habla de dirigir Venezuela, Rubio dice que solo fue una acción policial de la DEA que necesitó tropas para defender la ejecución de una acción judicial. Absurdo. Un argumento digno de quienes creen que sus leyes rigen el mundo.
Trump es el imperialismo del siglo 21. Es un regreso al garrote y a la determinación de que si Estados Unidos no tiene acceso, por ejemplo, al petróleo venezolano, esa es una amenaza a su seguridad nacional. Un argumento parecido al de Vladímir Putin en Ucrania.