Oyentes de piedra
Es frecuente en fechas de mucho viaje, como las fiestas de fin de año, el arremolinarse en aeropuertos y centros de reunión públicos. Las distancias cortas llevan a los oídos largos, y las conversaciones telefónicas ajenas pasan a propias. Aunque este fenómeno normalmente se asocia a la molestia de escuchar algo no deseado, aquí se prefiere tratar como la novedad de establecer un nuevo personaje comunicativo: la segunda persona “de piedra”: el teleconvidado de piedra.
Entre mis comediantes favoritos está Gila, su personaje “soldado de primera línea” es famoso por su humor telefónico. La predictibilidad hace intrascendente la falta del enemigo interlocutor. La casual escucha cercenada, en cambio, frustra. Más molesta a algunos el ver aislados por audífonos a otros, sobre todo cuando los audífonos no van a la vista. Le habrá ocurrido preguntar algo a alguien que no te hace caso, y no porque este alguien sea poco educado, sino porque va a lo suyo, que no es lo de los demás.
El estar de convidado de piedra en la vida telefónica de los demás hace que comunicativamente pasemos de ser tercera persona gramatical, esto es, estar fuera de la conversación, a quedar embarrados en ella. El que habla por teléfono es la primera persona, y el que escucha al otro lado la segunda. La apropiación de nuestra atención conforma así un oyente gratuito de segunda persona accidental que al no poder consumar la colaboración no le queda otra que el desafecto. Se forma un nuevo sentido para “conversación de un solo lado”: el lado de los que hablan entre sí y no con uno. La conjugación verbal resultante no está en las gramáticas: yo hablo, tú hablas, tú ‘accidental’ “no hablas”. El “tú accidental” pasa a carecer de forma positiva, su destino es el silencio participativo, y, si cabe, aislarse en legítima defensa con su propia tecnología.
El ilustrado ya sabrá por dónde van los tiros con lo de “convidado de piedra” pero, por si acaso, conviene recordar que es expresión antigua que recoge Tirso de Molina en “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” y que Zorrilla retoma en los últimos actos de “Don Juan Tenorio”. Se relaciona originalmente con la tradición de hablarle teatreramente a una calavera (o a algo inanimado). Estaría presente con matiz dramático en el “ser o no ser” del soliloquio de Hamlet. En las escuchas telefónicas indeseadas, nosotros ejercemos de (un tipo de) calavera o convidado de piedra, con la cruel diferencia de que, al caer en la telaraña de la conversación, no podemos, como Gonzalo de Ulloa, resucitar para cobrarnos la ofensa.
Hay incluso casos de insultos al oyente. Le ocurrió a un viajero que contestaba amablemente a través del separador de los cubículos para inodoros en un aeropuerto. Todo empezó con un “hola, ¿qué tal?” a lo que cortésmente se contestó: “bien”; para luego proseguirse con un “qué haces?”, a lo que, aun cohibido y un poco avergonzado, el viajero responde: “bueno, pues yo voy al este”. En ese momento, el circunstancial compañero de fatigas no aguanta más y vocifera: “te llamo después, cada vez que te pregunto algo el idiota del inodoro de al lado va y me responde”.
Los humanos somos sociables por naturaleza pero las conversaciones de los demás, si no están fabricadas ex professo como las de Gila, no son acicate para confiar en un futuro compartido. Vivimos entre ventrílocuos compulsivos, obsesos del ipod, y telezombis del celular.