Integración, no deportación

Hoy este diario reporta la noticia de una ciudadana estadounidense que perdió a su prometido en manos de agentes de inmigración. Con la deportación del hombre con quien estaba a punto de casarse, Neida Lavayen se convierte en una de las más recientes víctimas de la arrolladora política de deportaciones del Presidente Obama.

Rubén Quinteros fue arrestado en su lugar de trabajo en Nueva Jersey el 15 de septiembre, ocho días antes del día de su boda con Lavayen. Fue retenido en un centro de detenciones por más de un mes, y deportado a Uruguay el 31 de octubre.

Quinteros, como muchos de los inmigrantes que esta Administración escoge expulsar, no tenía antecedentes criminales y nunca había sido arrestado. Entró al país legalmente en 2003 con un permiso de estadía de tres meses y se quedó.

Familias inmigrantes de los Estados Unidos, muchos de ellos de ascendencia hispana, están perdiendo miembros cada día. Un estudio publicado ayer encuentra que las detenciones y deportaciones de inmigrantes han dejado a más de 5,000 menores perdidos en el sistema público de cuidado de menores. Mientras son sistemáticamente separados, nuestras comunidades viven con miedo.

Las deportaciones masivas se han convertido en nuestra política migratoria. No importan las palabras de entendimiento del Presidente sobre la complejidad de la inmigración americana, o sus promesas de expulsar únicamente a los extranjeros violentos.

En sus tres años de gestión, el Presidente Obama ha removido a más de un millón de inmigrantes –un cifra récord- la mayoría de ellos son personas sin antecedentes criminales y con conexiones familiares en los Estados Unidos. Remover a una sola persona le cuesta al gobierno un estimado de $26,000.

¿Por qué el Presidente hace esto? Porque considera la deportación una herramienta política efectiva. Puede que él no sea suficientemente aguerrido para avanzar el muy necesario plan de trabajos, o defender sus propias reformas de salud y del sector financiero. Pero lo es para “proteger” a los Estados Unidos de la amenaza fantasma de los nuevos inmigrantes.

El Presidente Obama debe cambiar de curso y reconocer que la respuesta al problema de la inmigración no es la deportación, sino la integración de los millones de indocumentados que han venido a trabajar duro y echar raíces en este país. Si no puede, sólo resta esperar que los más de 12 millones de latinos que se esperan acudan a las urnas en 2012 le envíen un claro mensaje.