Un comodín shakesperiano

No son solamente rojas sus medias sino del color de la sangre. Los Red Sox (en realidad, rara vez usan medias rojas en su uniforme) son un equipo de béisbol dramático. Como tantas veces en el siglo XX, otra vez están al borde del precipicio.

La temporada del 2011 tiene connotaciones históricas. Los Red Sox empezaron la temporada de forma desastrosa y, hasta el momento (escribo esta columna a mediodía del sábado 24 de septiembre, luego de la cancelación del partido de anoche en Yankee Stadium por la lluvia), el final, para no perder la costumbre, es una calamidad. El aura de campeones (luego de una sequía que duró varias décadas, ganaron la Serie Mundial en 2004 y 2007) se ha desvanecido. Han perdido la mayoría de los últimos veinte partidos. La ventaja que tenía frente los Yankees es un mero recuerdo. Tanto Tampa Bay como Anaheim les pisan los talones, con una diferencia en el comodín de 2.5 y 3.5 puntos respectivamente.

Cuando mi lector lea estos párrafos, se habrán jugado varios partidos más. La sangre se habrá derramado, de una forma u otra. ¿De vuelta serán los Red Sox motivo de mofa? ¿Un milagro los salvará de la eliminación? Y si pasan a la siguiente ronda, ¿tienen las herramientas necesarias para ganar la Serie Mundial? Lo dudo. El equipo no tiene talla de campeón.

Una confesión: yo solía ser alérgico al béisbol. Mi verdadera pasión es el balompié. Mis hijos-tengo dos, barones-me introdujeron en los afanes de este juego de pelota esencialmente norteamericano (sin anhelo de ofender a nadie, de Venezuela al Japón). Por angas o mangas, mis hijos han abandonado esta pasión, acaso de forma temporal. Yo no logro hacerlo. En realidad, descubro en mí un afecto especial hacia ella. Y hacia los Red Sox en especial, un equipo que, cuando lo descubrí, a principios de la década pasada, gustaba de la tragedia shakesperiana: partido tras partido, ganaba con valentía solo para dejarse caer estrepitosos en las últimas semanas de septiembre. Igual que en esta temporada.

Oigo decir con frecuencia que los Red Sox son un equipo que se amolda bien al carácter judío (como el mío): apegado al desastre. El odioso aire de invencibilidad no es nuestro sino de los Yankees. Estas medias rojas vacilan, su destreza es sólida pero juegan con el destino. Por eso, aunque me asusta el precipicio cerca del cual danza ahora el equipo de Boston, hay una cierta satisfacción en mí al saber que estamos de vuelta en esa montaña rusa en la que vivimos por tanto tiempo. Con todo y como siempre, espero que el signo de la “w” que usa Major League Baseball para describir al equipo que ha logrado el comodín en la Liga Americana aparezca al lado de los sangrientos Red Sox. Suspiraré con alivio.