Kenia Ortiz: ‘Ese no era el día mío’

Esposa en Baní recuerda a su excompañero quien falleció en el trágico vuelo 587

Baní, República Dominicana – “Cuídame bien los muchachos…”, le dijo su esposo, José Sánchez, mientras le daba aquel que se convirtió en su último abrazo. Era la madrugada del 12 de noviembre de 2001 y Kenia Ortiz volvió a pedirle que no hiciera el viaje a Santo Domingo, porque todavía andaba nerviosa –igual que Estados Unidos y todo el mundo- con los trágicos acontecimientos del 11 de septiembre.

Pero todo fue en vano. José y su hermano Elvis ya tenían boleto para un viaje sin regreso. Ambos arrastraban hace días las ansias de venir aquí, a Sombrero, para disfrutar de las fiestas patronales de Baní y reencontrarse con los viejos amigos que esperaban su llegada en este pueblo cercano a la playa, las dunas y las salinas.

“No te pongas a llorar, porque ya me pusiste los ojos aguados…nos vemos pronto allá”, añadió José al abandonar la alcoba. Kenia salió de la cama para pedirle otra vez que no tomara el avión, pero ya su esposo había cerrado la puerta del apartamento, ubicado en la primera planta del edificio en que vivían en El Bronx, junto a sus hijos Hilkenny, una niña que tenía entonces once años de edad, y Hilton, un pequeño de cuatro.

“Su hermano, Elvis vivía aquí (en Baní) y tenía un mes allá (en Nueva York). Él tenía el pasaje para el día 13 y lo cambió para el 12, para venir con el hermano, que ya (por) dos veces el avión le dio un susto (debido a las turbulencias) y tenía temor de viajar”, recuerda.

Aunque el niño insistía en acompañar a su padre, Kenia no le dejó. Cuando se supo la noticia, “aquí (en su casa paterna) se llenó de gente porque creían que yo venía también. Pero yo venía en diciembre… Cada quien tiene su destino, y ese no era el día mío ni del niño”. Luego de la tragedia, tuvo que traerlo para Baní por un año, por recomendación de una psicóloga que le pidió alejar al pequeño de Nueva York, en donde confundía los eventos y pensaba que su padre había muerto en el ataque terroristas al World Trade Center.

Kenia vio marchar a su esposo alrededor de las 4:00 de la mañana y volvió a entregarse al sueño. “Cuando se fue me dio un abrazo y un beso y me puse a llorar”. Poco después de las 9:00 de la mañana recibió una llamada telefónica de un primo hermano que le preguntó a qué hora partía el avión que tomarían José y Elvis.

Le respondió soñolienta: “Ya tiene que estar volando”. Pero la voz del teléfono insistía en saber el número de vuelo. “Párate (de la cama) a ver, porque te voy a decir algo para ver si hay tiempo…”, le dijo, pretendiendo simular que quería enviar un encargo a Santo Domingo.

Entonces buscó el pedazo de papel con el número de vuelo. Pero no lo encontraba y se empezó a poner nerviosa. Su hija Hilkenny despertó y la ayudó. Pero la voz que estaba al teléfono desesperó y le dijo: “Prende la televisión, porque se cayó un vuelo que iba para Santo Domingo”.

“Cuando me dijeron así no hallé qué hacer. La niña vio las llamas del reportaje (en la televisión). Me ayudó a buscar (el número de vuelo) y cuando lo encontró en la cocina, se me desmayó. Cuando yo fui (también) me desmayé”.

“El niño quedó llorando. A la casa empezó a llegar la gente y al no abrir la puerta llamaron a los bomberos y nos llevaron al hospital”. Horas después ya estaban de regreso al apartamento.

Los restos -los que pudieron recuperar- de José y Elvis fueron sepultados en Baní unos 15 días después de la tragedia. Aunque Kenia empezó a rehacer su vida y ya tiene dos niños de un nuevo matrimonio, no supera el dolor del 12 de noviembre.

Conserva copia del pasaje aéreo y de los asientos que los hermanos ocupaban en la fila B, del Airbus que hacía el vuelo 587. Siempre que sube a un avión observa el lugar que ocupaban los dos hermanos. “Miro para ahí…”. Entonces… “me pongo a mirar y digo: ´Ay, Dios mío´. Me imagino la desesperación… porque ellos venían en el medio… y primero explotó la cola y después los motores… una desesperación grande…”

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