Cómo explicar las cosas de la vida…

Ella tiene 22 años. Es madre soltera de dos hijos, uno de tres, otro de cuatro. Él tiene 20 años. No es el padre de esos dos, pero si del tercero que viene a camino. Él trabaja de ayudante de carpintería. Ella vive de la asistencia pública. Se conocieron hace sólo unos meses.

De aquí a ocho meses, el bebé nacerá. De aquí a un año o dos, él la abandonará. Al igual que el padre de los otros dos niños, él pondrá los pies en polvorosa, agobiado por la rutina, el aburrimiento, la pobreza y el reconocimiento de que después de todo, criar tres hijos, dos de los cuales no son suyos, no es exactamente lo que tenía en mente cuando se arrimó con ella.

Todo eso trataron de explicárselo su madre, su padre, sus tías, su abuela. “Pero ella es el amor de mi vida”, fue su única respuesta, risible de labios de alguien que todavía no ha vivido lo suficiente para emitir tal juicio.

Ella, a los 24 años se quedará embarcada, criando tres hijos con ayuda de su madre o de su abuela, recibiendo Food Stamps y otras subvenciones que usted, lector, y yo pagamos con nuestros impuestos. Ella envejecerá antes de tiempo y en algún momento comenzará a encogérsele el alma, roída por el arrepentimiento de no haber disfrutado de su juventud, ni terminado sus estudios. Los viajes que no emprendió, los paisajes que no vio, las danzas que no bailó, las puertas abiertas por las que no entró, la marcha nupcial que nunca escuchó, la rondarán como fantasmas durante noches de cólicos y desvelos.

O quizás no. Y a la “avanzada edad” de 28 años, sólo se preguntará por qué no encuentra un hombre que quiera casarse con ella y por qué esa estúpida telenovela que lleva meses viendo no acaba de terminar.

Estas son las cosas de la vida que es imposible hacerles entender a miles y miles de jóvenes hoy día, aun a aquellos que tienen suficientes seres queridos a su alrededor que traten de guiarlos y revelarles el fin de la película antes que esta llegue a su fin.

Y no entendemos cómo es que los jóvenes de hoy, tan versados en la tecnología y tan adeptos a intercambiar información de todo tipo en Facebook y Tweeter, no se acaban de enterar qué sucede si no se enganchan bien el pinche condón.

Como dice el dicho, nadie escarmienta por cabeza ajena. Todos pensamos que “eso” no nos pasará a nosotros, que somos más sabios o más inmunes que el resto de la humanidad. Y que el amor es siempre para siempre y que se cumplirán las promesas musitadas al oído bajo el fulgor de los juegos artificiales.

Muchos piensan que son los hijos que se traen al mundo bajo estas condiciones quienes, más tarde o más temprano, pagarán los platos rotos. Pero no es así. Todos pagamos los platos rotos. Todos terminamos comiendo el almuerzo, carísimo y mal servido en un endeble plato de cartón.