Veinte años de paz

La firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador abrió un nuevo capítulo de libertad política que no ha sido correspondido de igual manera en lo económico. La reconciliación después de la guerra civil es un camino largo con altos y bajos, pero al final del camino la justicia debe prevalecer.

El acto de contrición del presidente Mauricio Funes realizado el lunes a nombre del gobierno por la masacre de El Mozote, cometida hace más de 30 años, es uno de los gestos necesarios para ir cerrando las cicatrices de una guerra civil de 12 años que dejó 75,000 víctimas.

Esto no significa impunidad para quienes fueron los responsables de la masacre de 936 personas -450 de ellas menores de 12 años de edad- durante cuatro noches y días de diciembre de 1981.

Es razonable que los nombres de los autores de violaciones a los derechos humanos no integren los altares militares. Es justo que las leyes de amnistía no protejan a las bestias humanas de El Mozote. Las leyes son modificables y, a la larga, el camino de la reconciliación pasa también por la justicia.

Los acuerdos dejaron un sistema político sólido que permitió la alternancia democrática de manera que la guerrilla de ayer pueda ser el gobierno gracias al respaldo de los votantes.

Lamentablemente, la solidificación de la democracia por sí sola no soluciona las dificultades económicas, como tampoco la falta de seguridad pública que existe en la nación centroamericana. La pobreza y las maras son las cuentas pendientes, los dos factores clave para elevar la calidad de vida de los salvadoreños. Este es el nuevo frente a vencer.

La Opinión/ImpreMedia

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