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La trampa de la acción afirmativa

CHICAGO – Este otoño la Corte Suprema escuchará la causa de Fisher vs. University of Texas, que podría decidir el destino de las preferencias raciales en el proceso de ingreso a las universidades. Y aquí tenemos un perfecto ejemplo de por qué las iniciativas de acción afirmativa y de diversidad en la educación deberían centrarse en el nivel socioeconómico más que en la raza y la etnia: Elizabeth Warren.

Resulta que Warren, profesora de Derecho de Harvard que decidió desafiar al senador Scott Brown después de no ser nombrada como primera directora de la Oficina de Protección Financiera del Consumidor, se ha identificado en el pasado como miembro de una minoría -1/32 amerindia, para ser exacta. La madre de la tatarabuela de Warren era Cherokee.

El bando de Brown señaló que la Escuela de Derecho de Harvard contaba a Warren como empleada amerindia en los años 90, cuando se atacó a esa universidad por su falta de diversidad, e implicó que su clasificación racial proporcionaba a Warren una ventaja deshonesta para ser contratada.

Aunque Warren dijo que ella no conocía la etiqueta que Harvard le había adjudicado, confirmó que, durante alrededor de una década, se había anotado como minoría en un directorio de profesores de Derecho que se utilizaba generalmente para propósitos de contratación de minorías.

Gran parte de este mini-escándalo se centra en torno a si Warren tiene derecho a declararse amerindia. ¿Pero quién tiene derecho a decirle a otro si está calificado para ser aceptado en un grupo cultural particular?

Los hogares inter-raciales en EE.UU. registraron un aumento del 28 por ciento entre 2000 y 2010, según la Oficina del Censo. En mi familia, entre mis dos primos y yo, tenemos seis hijos que son mitad hispanos (de dos países latinoamericanos diferentes) y mitad blancos, negros y asiáticos. Cuando nuestros hijos crezcan, cualquier elección de compañero/a producirá un hijo de raza o etnia aún más diluida, etcétera, etcétera, hasta que nuestros choznos ya adultos, decidan cuál será su identidad.

Lo que nos vuelve a llevar a la acción afirmativa. A menos que el gobierno decida que debe existir un porcentaje mínimo, para que uno pueda considerarse parte de una de las minorías raciales o étnicas -y requiera análisis de sangre o de DNA para probarlo- ¿cómo lo determinará una universidad u otra organización con la misión de mantener cuerpos docentes y estudiantiles diversos?

Muchas minorías de clase media y alta pueden pagar una educación universitaria. Entonces, ¿es justo que sus hijos sean considerados para recibir asistencia financiera extra, una reducción de la matrícula, o un codiciado ingreso junto con minorías cuyos padres son realmente pobres? ¿Y qué de los estudiantes blancos pobres?

Pero mucho peor es la percepción de que cuando la raza entra en la ecuación, el mérito se pasa por alto favoreciendo a la categoría que se necesite agregar para cumplir una cuota -y que las minorías están felices con explotar esa situación.

estherjcepeda@washpost.com

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