La carita feliz

La sociedad global tiene un vistoso tinglado de valores y estilos culturales que toma elementos de distintos países y regiones pero, sobre todo, de los Estados Unidos. Cómo nos divertimos y nos comunicamos, qué leemos, cómo nos informamos, y a través de qué instrumentos, desde los videojuegos a las tabletas electrónicas, las películas que vemos en sesiones caseras y en las salas de cine, todo tiene una marca de fábrica Made in USA, no Made in China.

China arma en sus fábricas esos instrumentos y artilugios que pueblan hoy nuestra vida, pero no determina lo que contienen, ni tiene nada que ver con el poder cultural que genera su uso.

Esto trae consigo una consecuencia que no pocas veces nos resiente, pero que no podemos evitar. La tecnología se produce en un determinado idioma, y ese idioma sirve para nombrar y designar los productos tecnológicos, y sus códigos de uso.

Quien crea, bautiza. El idioma de la tecnología es un idioma activo, y el que lo recibe juega un papel necesariamente pasivo. Las palabras hardware, software, mouse, link, cloud, pueden tener alguna traducción adecuada, pero se seguirán usando en la lengua de importación hasta que un día esas palabras queden consagradas en el diccionario; y no me refiero solamente al español, pasa lo mismo en chino.

En su libro The post American World (El mundo después de USA) Fareed Zakaria ilustra muy bien la diferencia que media entre crear y fabricar, usando la “carita feliz” que se ha vuelto ya parte del lenguaje escrito en los mensajes electrónicos: si imaginamos en esa carita la boca que sonríe, en la comisura izquierda tendríamos las ideas creativas y el diseño de alto nivel, todo lo que trata de la invención; en la parte inferior del arco, el sistema de producción fabril, que se hace en China y en otros países de mano de obra barata, se trate de aparatos electrónicos, juguetes, ropa o calzado; y de nuevo, en la comisura derecha, la publicidad, el mercadeo, la distribución al por mayor y al detalle, y, por tanto, la implantación cultural de todos esos productos por la misma mano que los ha inventado. La inmensa mayoría de las patentes de invención en el mundo, se registran en Estados Unidos: tanto inventas, tanto vales.

El mundo es hoy un pañuelo, claro está, y todos estamos más cerca unos de otros que antes. Los tacos mexicanos, la pizza italiana, el humus de garbanzos del medio oriente, el pan pita, se han vuelto productos de consumo universal al globalizarse cada vez más el gusto por las comidas que por tradición no nos pertenecen; pero al salir de su propio ámbito entran en las líneas de producción y empaque de las grandes multinacionales de alimentos, y es desde el gran mercado cultural de Estados Unidos que son promovidas, allí mismo donde se determina qué comemos y bebemos, junto con todo lo demás que afecta nuestra vida cultural.