Aún podemos aprender del suicidio de Joel Morales

No es demasiado tarde para aprender algo del suicidio de Joel Morales, quien se ahorcó en su apartamento en East Harlem hace un mes, tras soportar por un tiempo el hostigamiento de niños en su vecindario.

Morales tenía doce años. Para algunos, el evento es una tragedia sin sentido. Familiares y amigos desalentados culparon a otros niños de delincuentes y malos. Con la esperanza de evitar una tragedia similar, los medios refirieron a los lectores a programas anti-acoso.

Sin embargo, la tragedia tiene mucho sentido. El acoso es un síntoma de una sociedad enferma que deja a sus hijos vivir sin lo básico.

El acoso es más común en los barrios pobres, no porque estos niños son “malos”, sino porque, según expertos, la pobreza hace que vivan bajo continuo estrés, mucho más que los niños que viven en mejores condiciones, y este estrés conduce a una mayor impulsividad y menos empatía hacia los problemas de otros. Por eso, para luchar contra la intimidación primero hay que trabajar en poner fin a la pobreza.

Quienes no creen que la pobreza tiene algo ver con el acoso deben saber que entre 2001 y 2007 los casos de acoso tocaron a uno de cada cinco adolescentes estadounidenses. En ese mismo periodo, el número de estadounidenses en pobreza creció por 4.4. millones. Esto no es casualidad.

En su libro “Enseñar con la pobreza en la mente”, el autor Eric Jensen señala que el mal comportamiento y la impulsividad ocurren más en las familias pobres como respuesta al estrés crónico. En hogares pobres, explica, los niños son menos propensos a participar en actividades de reducción de estrés, como ir al parque, practicar deportes y hacer ejercicios, porque éstas requieren de la supervisión de sus padres, tiempo y dinero. La televisión se convierte en una niñera barata, aunque es difícil controlar los valores que enseña.

Las actitudes que nos gustaría ver en los niños, como la simpatía, la cooperación y la compasión, no son naturales. Deben ser enseñadas. Los niños pobres tienen menos oportunidad de aprenderlas si sus padres están lejos todos los días en trabajos de bajos salarios o entrenamientos de “habilidades laborales” para satisfacer los requisitos de la asistencia social. Los padres que están estresados por problemas de finanzas sin querer pasan esa tensión a sus hijos.

Es un hecho conocido que la pobreza causa estrés. En East Harlem, donde vivió Joel, y donde fui trabajadora social en 2011, 36% de los hogares vivían con menos de $18,000 al año. En comparación, en vecindarios más pudientes como el Upper East Side sólo 8% gana esa cantidad. En East Harlem, 24% de los niños son obesos, mientras que en el Upper East Side sólo 10% lo son. En East Harlem, 38% de los niños pueden leer al nivel de grado que cursan, comparado con 68% de los niños en el Upper East Side.

Además, los niños con los que trabajé en East Harlem viven con cortes de electricidad, amenazas de desalojo, escuelas sobre pobladas, hogares hacinados, ratones, cucarachas, y las peleas familiares que vienen con todas estas tensiones.

Esta es una receta que puede convertir a todo un barrio de niños en acosadores. Los “bullies” de hoy son los encarcelados de mañana.

Enseñarles tolerancia a unos pocos niños en talleres contra el acoso escolar es de poco valor cuando el mundo real falla en enseñarles la compasión, empatía y perdón. Los niños tienen excelentes maneras de medir la hipocresía. Joel seguro sabía cómo, y también los niños que lo acosaron.