La silla vacía del candidato del Partido Demócrata

Hace unos días concluyeron las Convenciones Políticas Republicana y Demócrata. Ambas fueron un espectáculo de luz, colores, discursos, promesas que nunca se cumplirán, y al final, la designación de los cuatro candidatos que se enfrentarán en las urnas en noviembre.

En el país hay registrados 55 partidos políticos a nivel nacional y 31 a nivel regional, sin embargo las elecciones se han convertido en un mano a mano entre el viejo Partido Demócrata fundado en 1792 y el no tan joven Republicano que nació oficialmente en 1854. Los demás sirven de adorno.

Las dos convenciones de este año se recordarán por la presencia de dos personas fuera de lo común, representantes del genuino pueblo americano. Los republicanos invitaron al veterano actor Clint Eastwood y los demócratas al ex presidente Bill Clinton.

El republicano, rudo, fuerte, símbolo de la América luchadora que mira retadora al futuro e impone la justicia, aunque sea a bofetadas, intentó crear un diálogo con una silla vacía, en la cual estaría sentado el candidato del Partido Demócrata, al cual se le pide cuentas. El policía rudo, el pistolero matón no admite que las promesas hechas hace cuatro años no se hayan cumplido. Y para que se cumplan hay que sentar en esa silla a otra persona que logre levantar la economía (“la economía, estúpido, la economía”) disminuya el desempleo, se desentienda de los emigrantes, acabe con las aventuras militares que un presidente republicano metió al país, haga más ricos a los ricos y más pobres a los pobres, desempolve del pasado la vieja consigna de “América para los americanos”. Y ese no es otro que Mitt Romney.

Los demócratas llevaron al escenario a uno de los ex presidentes más controversiales, pero a la vez, más eficientes que ha tenido el país, Bill Clinton.

Clinton encendió la convención demócrata con una defensa apasionada de Obama. Varias son las razones por las cuales se le invitó al podio de oradores.

La primera es su popularidad. Desde que dejó el poder en 2001 no ha dejado de crecer. Ha llegado a un 69% , la más alta desde que fuera elegido gobernador de Arkansas.

En segundo lugar cabe destacar el legado económico dejado. Lo pudo lograr en parte por su capacidad para trabajar con los republicanos y sus cuatro años consecutivos de superávit en las cuentas públicas.

Cabe destacar como tercer punto que Clinton es el ídolo de la clase obrera blanca, con la cual Obama nunca ha logrado conectar. Barack llegó a la presidencia gracias a los votos de hispanos, jóvenes, mujeres y afroamericanos. Pero no logró convencer a los varones blancos del Medio Oeste.

Como cuarto punto está la conexión con los “baby-boomers” los americanos nacidos después de la Guerra. Disfrutaron sus mejores momentos de la vida bajo la presidencia de Clinton. Son muchos y sus votos decisivos. Obama necesita esos votos, el respaldo de esa generación, y nadie mejor que Clinton para conseguirlo.

Quedan escasamente dos meses para elegir a la persona que ocupe la silla vacía desde la cual se regirán los destinos de este país, y en gran parte los del mundo. Esa es la preocupación ahora del pueblo americano. Lo demás, pasa a segundo plano, como por ejemplo el aniversario de las Torres Gemelas. Nadie lo mencionó en las Convenciones. Ya es historia pasada, Bin Laden ya no existe. Lo matamos