Una campaña de falsedades

La política estadounidense está plagada de incongruencias y sainetes que van en contravía de la democracia que es parte esencial del espíritu de esta nación.

Empezando por la campaña de mentiras con el fin de vilipendiar al oponente tergiversando datos y estadísticas, pasando por la búsqueda y difusión morbosa y perversa de información privada, hasta la discreta y consentida forma de no divulgar cifras y nombres de quienes financian los partidos y los candidatos.

Dirán algunos que lo mismo pasa en Latinoamérica, y de cierta manera están en lo correcto, porque también se hace política indecente sólo con la meta de obtener el poder sin miramientos con el pueblo.

Pero este comentario no se trata de comparar a los Estados Unidos con nuestros países, sino de reflexionar sobre lo que ocurre en una nación donde los lemas son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, derechos inalienables tallados en el ADN de los estadounidenses desde la declaración de la independencia.

Viendo y oyendo a los candidatos y su séquito que los apoya, me siento desilusionado y a veces contrariado, porque esta campaña excede los límites éticos.

La propaganda maliciosa va desde hacerle creer a los votantes que Barack Obama esconde simpatía por los musulmanes hasta calificarlo de comunista. Por su parte los demócratas atacan al republicano Mitt Romney de ser un radical ultraderechista, homofóbico y multimillonario elitista.

Para alejar el voto hispano, los golpes más duros lo dan los republicanos que hacen creer a los electores que Obama falló al no ayudar a los inmigrantes indocumentados. Sí es cierto que cuando pudo con una cámara de representantes en su mayoría demócrata, no presentó la reforma migratoria, pero también es innegable que son los republicanos quienes más se oponen a legalizar alrededor de 11 millones de inmigrantes.

En mi país le dirían “De malas” a Obama en el momento en que justifica que cuando llegó al cargo heredó el mayor déficit de la historia estadounidense. Y mucho más “de mala suerte” que durante los casi cuatro años de su gobierno el déficit aumentó. ¿Pero cuáles fueron las causas? Dos guerras, herencia de George Bush, las cuales no se habían pagado.

Por otro lado, también recibió un programa de prescripción de medicamentos en mora y luego asumió la peor crisis económica desde la gran depresión de 1934, ocasionada por banqueros y financistas que venían haciendo de las suyas protegidos por el gobierno anterior.

Otra de mis inquietudes al analizar la política estadounidense es el descontrol en la financiación de las campañas, susceptible a la permeabilidad. Los partidos y candidatos sufragan sus gastos recibiendo recursos privados, a pesar de que pueden hacer uso de fondos federales. Ese dinero privado no está sujeto a ningún tipo de investigación y fiscalización.

Esto permite que poderosos (incluso delincuentes y narcotraficantes) puedan conquistar fácilmente, para sus intereses, a cualquier candidato o apostarle a los dos y así no pierden.

Participar y respaldar la democracia es un deber de los ciudadanos, pero es muy difícil decidirse abrumado por tantas falsedades y trucos encubiertos.