Para unos el 2012 trajo muerte, y para otros fue el inicio de la vida

Su caminar es lento e inseguro, luce cansado, el paso del tiempo se marca en su rostro como una huella indeleble que refleja el interminable juego entre el señor sol y la coquetona luna.

Es el año que concluye. El 2012 le decían con alborozo no hace mucho tiempo, y ahora sus horas están contadas. Y con el parten los sueños cumplidos y también aquellos que no llegaron a término. Y de su mano van los amores que nacieron entre miradas furtivas, y otros que se extinguieron entre la rutina y el descuido; y de sus brazos se cuelgan las alegrías, esas niñas dulces que llegan como chispazos a nuestras vidas para darle sentido, y las tristezas, esas viejas mal encaradas que nos roban ilusiones y sonrisas; y se acomodan hombro con hombro con él. La amorosa salud, lo único realmente valioso que tiene el ser humano, y la violenta enfermedad que nos abofetea con el pañuelo de la mortalidad. Atrás del moribundo 2012 se ve al señor don dinero, ese ser efímero que viene y se va, que llena bolsillos satisfechos o se hace extrañar en otros escuálidos y flacuchentos.

Para unos el 2012 trajo muerte, y para otros fue el inicio de la vida. Misteriosa existencia la del hombre que a ratos se pierde entre la búsqueda del lugar de donde viene y la preocupación por establecer el lugar hacia donde va.

Lo cierto es que el 2012 ya respira con dificultad y solo le queda un último aliento de vida para cargar por única vez en sus brazos a su reemplazo el 2013. Ese 2013, jovencísimo y que llega hermoso, fuerte, esperanzado, y arrasando con todo.

Mi pragmático hijo adolescente me dijo alguna vez: “Dad, el 31 de Diciembre es un día como cualquiera”. Pero yo, su romántico padre que ya lleva un montón de treinta y unos de Diciembre a cuestas, todavía cree que el año que viene será indudablemente mejor, que traerá éxitos inimaginables, venturas irrepetibles, y felicidades infinitas.

En el plano personal, este 2012 fue, en algunos aspectos menos importantes, un año difícil, pero en otros aspectos más trascendentales, las bendiciones recibidas fueron incalculables.

Creo en Dios y se que mi vida está en sus manos y que con ese pastor nada me faltará.

Tengo fe en el ser humano y en su capacidad de ser y trascender; confío en la capacidad del hombre de vencerse a si mismo y de vencer al egoísmo.

Apuesto por un mundo mejor en donde reine la paz, la concordia, el respeto, la solidaridad, y el amor.

Mis mejores deseos para los amables lectores en este remozado 2013, que cada uno de vuestros sueños se hagan realidad; y como decía mi siempre recordado abuelo don Jorge Jara Centeno: “Que en el año que se inicia los atropelle el vehículo de la felicidad”.