Autogol
La opinión de un directivo del fútbol sobre sus jugadores.
Papeles
El escándalo es la comidilla en Colombia por estos días. Estos oídos que han de consumir el horno crematorio — “y el día esté lejano”— no podían creer lo que oían: Fernando Salazar, amo y señor de un equipo de Itagüí, lugar cercano a Medellín, un católico de amarrar en el dedo gordo, definía a los futbolistas como prostitutas disfrazadas. De paso, ofendía a otro colectivo que tiene su propia forma de levantar para los garbanzos.
No consideró pertinente disculparse. Es más, se ratificó y de paso criticó a un directivo que discrepó de su hostil prosa, sugiriéndole dejarle el fútbol a los que saben de patadas. Su contradictor, del Club Millonarios, de Bogotá, actual campeón colombiano, le reviró diciendo que prefería ese analfabetismo a la jerga de plaza de mercado de su “colega”.
Salazar dijo lo que dijo casi con fruición. Seguramente redondeó la metáfora bajo la ducha, ese Niágara matinal del que de pronto llueven ideas felices. Y más de una infeliz.
Fue más allá: le pareció peor que otro colega suyo hubiera grabado su exabrupto y lo hubiera filtrado a la prensa. Lo graduó de “bandido”. Nada de eso: propongo un minuto de aplauso en la inauguración del torneo de fútbol para homenajear a quien nos mostró cómo piensa parte de nuestra dirigencia balompédica.
Salazar podría montar un exitoso dueto con Lance Armstrong, quien finalmente reconoció que ganó siete tours de Francia gracias (de nada) a que se dopó. O un terceto con un diputado que se despachó escatológicamente contra las inversiones en el deprimido departamento del Chocó. ¿Qué tal un cuarteto con Álvaro González, otro directivo, quien lanzó la extraña jurisprudencia de que para ser árbitro en Colombia hay que soñar con otro hombre al lado?
El cuarto de hora de los futbolistas se prolonga avaramente hasta los 35, 40 años. No puede ser elevada a la categoría de delito la ilusión de buscarse un nicho bajo el sol laboral que más alumbre. Doctores tiene la legislación que deben investigar si entre los clubes existe, como parece, una manguala para evitar que los deportistas se las apañen para alquilarse al mejor postor.
No quiero ni pensar lo que sintieron los jugadores del club de Salazar cuando oyeron lo que dijo el que les paga el salario del miedo. ¿Será que el hombre se atreve a mirar a los ojos a sus “prostitutos”?
Siempre he estado vinculado al fútbol. De niño pensé que me ganaría el pan haciendo goles no como “palabrotraficante”. Soy de los que piensa con alguien, tal vez el mexicano Juan Villoro, que el poeta del año debería ser el goleador del campeonato. Pero no gastaría un peso de mi mesada para engordar las arcas del equipo de Salazar.
Al final, no le pasará nada al directivo de marras. Le echarán tierra, es decir, olvido puro, al asunto. Como sucedió con un jugador del mismo equipo que agredió alevemente a un colega durante un entrenamiento. Ojalá la Dimayor, máxima jerarca del fútbol, me brinde argumentos para rectificar este último párrafo. (A Salazar, para completarle la sanción, deberían privarlo del rosario, el BlackBerry y la carne. Todas las carnes).