La renuncia

Renunciar es un acto de carácter personal y naturaleza íntima. Sólo puede ser realizado bajo los dictámenes que establece el “libre albedrío”. Cualquier influencia, por más intangible que parezca, desnaturaliza el hecho. Si hay el mas mínimo elemento que pudiera sugerir inducción, estaríamos hablando de otra cosa y no de “renuncia”. De suerte que no hay renuncias forzadas o provocadas.

La historia lo confirma, el hombre ha renunciado prácticamente a “todo”. Desde asuntos de valor ínfimo e intrascendente, hasta la vida propia. Y lo ha hecho desde el vientre mismo de la madre —cuando se supone que ni siquiera piensa— hasta ese último instante de contacto con el raciocinio que marca su partida definitiva hacia Seol, el país sin retorno.

Puede decirse, sin temor a dudas, que el homo sapiens ha renunciado en todas las circunstancias y momentos de la vida; que ha abjurado hasta de sus creencias más inherentes.

Pero hay renuncias que parecen inexplicables, aunque en justicia, y en el marco del respeto al individuo y su autodeterminación, no tenemos derecho a exigir tales explicaciones. Pero siempre queremos y demandamos saber el por qué de las cosas. Nos complacemos en “hacer de cuchillo y llegar hasta el corazón mismo de la auyama”.

La renuncia más importante del año —hasta ahora— la del indómito e impredecible Benedicto XVI, ha motivado toda suerte de análisis, conjeturas, explicaciones, especulaciones y conclusiones por parte de los expertos. Que somos un exclusivo grupo de unos 7 billones de seres humanos.

Ya se han establecido varias razones para la dejación del Papa, que van desde la “renuncia forzada” hasta la “renuncia planeada”, pasando por supuesto por la versionada oficialmente, que es la de “simplemente cansado por vejez y los correspondientes achaques” presentes en cualquier humano mayor de 80 años. Pero la real es la menos creíble para la gente común.

Cual que fuera la motivación de Su Santidad para el abandono, creo que más que entenderlo, deberíamos aceptarlo e imitarlo. Muy especialmente las claques políticas dominicanas, que a más de 50 años de ejercicio post trujillista, no han resuelto uno solo de los problemas mayores del país de Duarte y Luperón.

El ejemplo de Benedicto XVI, no parece que encontrará émulo en la clase dirigencial nuestra. Nuestros líderes son señalados “para siempre”, no importa si hace ya tiempo que sus “orientaciones” no orientan a nadie, como lo han demostrado los últimos hechos electorales.

¡Vivimos, seguiremos disparando!