window._taboola = window._taboola || []; var taboola_id = 'mycodeimpremedia-network'; _taboola.push({article:'auto'}); !function (e, f, u, i) { if (!document.getElementById(i)){ e.async = 1; e.src = u; e.id = i; f.parentNode.insertBefore(e, f); } }(document.createElement('script'), document.getElementsByTagName('script')[0], '//cdn.taboola.com/libtrc/'+ taboola_id +'/loader.js', 'tb_loader_script'); if(window.performance && typeof window.performance.mark == 'function') {window.performance.mark('tbl_ic');}

La práctica del Zen ayuda a adolescentes

El sacerdote budista Greg Snyder dirige el Brooklyn Zen Center,

El sacerdote budista Greg Snyder dirige el Brooklyn Zen Center, Crédito: Cortesía

Todos dejan sus zapatos y se desplazan por el lugar en calcetines. Conversan sin alzar la voz y la luz de la tarde entra a chorros por los ventanales.

Excepto por alguna sirena ocasional, el Brooklyn Zen Center es un oasis de paz enclavado en Park Slope.

Las salas de este amplio loft ubicado en el segundo piso tienen más de un siglo, pero todo ha sido refaccionado y luce nuevo e impecable. “Aquí siento que tengo espacio; nada me oprime ni me sofoca”, sostiene DJ, 18, uno de los miembros del grupo de meditación para adolescentes que se reúne aquí todos los martes.

La actividad comienza oficialmente a las 4 p.m. pero ya desde las 3 p.m. los muchachitos van llegando y se sientan a charlar de a dos o más en las largas mesas comunales de madera clara. Hablan de películas, en una de las mesas transcurre un acalorado debate sobre Django, el film de Tarantino. “¿Ha sido justo en su retrato de la esclavitud?” pregunta uno. “No me lo parece”, expresa con convicción otro muchacho, “si te fijas en las espaldas de los esclavos hay muy pocos latigazos y en los campos sólo unos tantos recogiendo el algodón. Eso, en realidad, estaba plagado de gente”. Hablan también de la escuela o la universidad, de cosas que les han ocurrido y de sus familias. Se hacen amigos y comparten.

“Meditar es algo intimo y se hace en silencio”, explica Greg Snyder, líder del grupo y uno de sus fundadores. “Pero además valoramos mucho el estar en comunidad, por eso las mesas acomodan mucha gente y la cocina, abierta, es el segundo espacio en importancia luego del recinto de meditación”.

Dicho esto, Greg dirige a todos hacia el ‘zendo,’ un lugar despojado donde tienen lugar las sesiones diarias de “zazen” palabra que, en la práctica japonesa de Budismo Zen significa “meditación sentad”‘.

Unos 15 jovencitos ingresan en la sala y cada cual se ubica en una colchoneta o “zabuton”. Sentados sobre un pequeño cojín circular y negro, el “zafu”, con la espalda erguida, las piernas levemente separadas, las manos relajadas sobre los muslos y los ojos cerrados, los meditadores se sumergen en la actividad de identificar sus propios pensamientos y sensaciones.

La mayoría estudia el último año en escuelas secundarias de Brooklyn en las cuales Greg dicta clases de meditación luego del horario escolar. “Hace tres años recibí una llamada del Brooklyn College Community Partnership, una ONG que trabaja codo a codo con colegios en barrios de bajos recursos”, señala Greg. Estaban preocupados por el alto nivel de enojo, irritabilidad y frustración que muchos chicos mostraban y me pidieron ayuda”.

El grupo de los martes se desprendió de aquella iniciativa y se le ocurrió a una de las estudiantes. “Desde que empecé a meditar en mi secundaria, la Thomas Jefferson, supe que esto era algo muy bueno”, dice La-Keeyatta Steward, una muchachita de tupido fleco negro y grandes aretes. “Le propuse a Greg hacer un encuentro semanal abierto a chicos de otros colegios y arrancamos”.

Para Greg, un hombre de ojos bien azules y cabellos cortados al ras, es sencillo identificarse con estos muchachos, provenientes, como él, de hogares con serias dificultades económicas y entornos violentos. “Son jóvenes que enfrentan un constante hostigamiento; a veces de la policía, a veces de sus padres o sus pares. En sus escuelas son escaneados y deben pasar por detectores de metales”.

“A la larga,” explica Greg, “se vuelven irascibles, faltos de atención y llenos de enojo y resentimiento. Nuestra práctica les permite separarse de sus sensaciones; las identifican y las dejan pasar. Lo llamamos ‘mindfulness’ y es un entrenamiento para estar presentes en lo que sentimos y en lo que nos sucede manteniendo siempre el control”.

“Desde que vengo aquí soy más paciente y ya no me involucro tanto en discusiones; no digo tanto, no hago tanto. También estoy más cómoda conmigo misma”, apunta Lamaysha. A su lado está Cadell, un muchacho de mirada vivaz enmarcada en la capucha de su sudadera. “La primera vez que vine me quedé dormido”, confiesa. “Ahora quiero meditar para conocerme mejor y poder decidir qué carrera seguir. Dudo entre ingeniero de sonido y veterinario”.

Contenido Patrocinado