Las movidas políticas del presidente Obama

Más de cuatro años ya han pasado de que Barack Obama asumió la presidencia y ahora es que finalmente parece haberse dado cuenta de que para gobernar necesita comunicarse con el liderato de la oposición en el Congreso. Advierto, que por el momento esto es solo una impresión. Quizás los últimos gestos de bipartidismo del presidente son solo movidas puramente políticas para tratar de desmentir a analistas como yo que lo han criticado por no cultivar el dialogo con los republicanos.

Ha sido francamente refrescante ver al presidente hacer en estos últimos días lo que los presidentes se supone que hagan: buscar crear consenso entre políticos de partidos e ideas diversas. En las últimas semanas el Presidente ha hecho un esfuerzo inusual de levantar el teléfono para llamar y reunirse con senadores y congresistas republicanos. El presidente fue hasta el Congreso para reunirse con la conferencia republicana de la Cámara y tuvo una abierta discusión con ellos sobre un sinnúmero de temas.

Obama también fue a cenar con un grupo de senadores republicanos e incluso tuvo un almuerzo con el congresista Paul Ryan, el ex-candidato a vicepresidente por el Partido Republicano.

Esto quiere decir que en cuatro años el Presidente no había tenido un intercambio sustantivo con el congresista que dirige el vital comité de Presupuesto de la Cámara de Representantes. No es de extrañarse, por tanto, que, bajo su incumbencia, el gobierno hasta el momento no haya tenido ni un solo presupuesto aprobado por el Congreso.

No se puede exagerar la falta de voluntad que este presidente ha demostrado durante los pasados años para dialogar y negociar con miembros del Congreso. Las quejas curiosamente no solo provienen de republicanos, pero también de demócratas, que dicen que el presidente sencillamente es inaccesible.

El Presidente no consultó seriamente con los republicanos al empujar su ley de reforma de salud y el programa de “estímulo económico” en el Congreso a comienzos de su mandato. Y, después, de que su partido perdiera la Cámara, precisamente por la falta de popularidad de estas medidas, el presidente no buscó entablar comunicación real y amplia con los republicanos para atender los diversos retos nacionales.

La falta de voluntad del presidente para evitar el llamado “secuestro” o confiscación —el recorte indiscriminado de 1.2 millones de millones al presupuesto— es la última muestra de la renuencia que éste ha tenido para sentarse a negociar.

Después de básicamente idear la confiscación hace dos años y lograr que los republicanos la legislaran, prometiéndoles que negociaría con ellos una serie de recortes alternos de envergadura, el presidente no hizo nada para evitarla. En primer lugar, desoyó las recomendaciones del comité bipartidista que el mismo había nombrado para identificar los recortes alternos y, después, no hizo ningún esfuerzo auténtico para dialogar con los republicanos para lograr dichas reducciones en el gasto.

El Presidente, en cambio, esperó que la ley que viabiliza la confiscación —la llamada ley de control de presupuesto del 2011— estuviera por entrar en vigor el pasado 1 de marzo para ponerle presión públicamente a los republicanos. Faltando así a su palabra a los republicanos pues el consenso al que había llegado con ellos dos años antes era para reducir el gasto público y no para aumentar los ingresos del fisco.

Esto, evidentemente, fue una burda maniobra política de la Casa Blanca para tratar de culpar a los republicanos por los recortes de la confiscación y así tratar de ayudar a los demócratas a retomar la Cámara en las próximas elecciones del 2014.

Y si bien el pueblo americano culpó a los republicanos como quería el presidente, también lo responsabilizó a él. En cuestión de una semana su índice de aprobación se desplomó a menos de 50%, según la encuestadora Gallup.

Esto, sin lugar a dudas, es lo que ha causado que ahora la Casa Blanca recalibre su estrategia política y comience esta nueva estrategia de dialogo con los republicanos. El presidente sabe que su legado está en juego y, además, es posible que se haya dado cuenta que el pueblo estadounidense no va a aguantar que se juegue a la política con el futuro del país.