Echeverría y López Portillo

Siempre hubieron tensiones entre el 'destapado' y el presidente de turno

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Burbujas

La semana pasada, en el noticiero de López Doriga, de Televisa, se informó que en unos documentos recién dados a conocer por el gobierno de los Estados Unidos se afirma que el presidente Echeverria de México tuvo intenciones de mandar matar al candidato del PRI, José López Portillo, con la intención de alargar su mandato.

Esa versión se le atribuye a Henry Kissinger, entonces Secretario de Estado y también al embajador de los Estados Unidos en México.

No sé si esa información confidencial haya sido producto de una investigación o solo una apreciación personal de esos funcionarios.

Hay que haber vivido el curioso sistema PRI-politico que funcionó en México por 71 años para recordar que los presidentes priistas de México no eran dictadores, eran dioses, casi omnipotentes que, al término de su reinado, se volvían “mensajeros del pasado”; estorbaban y lo resentían.

Nunca fui del gobierno de Echeverría pero como dirigente de organismos patronales tuve fácil y repetido acceso a él; viaje con él a Japón y a Cuba y participé muchas veces en sus interminables juntas nocturnas.

Era Echeverría un hombre fuerte, incansable, de decisiones rápidas poco pensadas y sin seguimiento, demagogo, sensible a cualquier crítica que manejó el poder, como si el país fuera de su propiedad.

El acto del destape (nombrar su sucesor), era el ápice del poder de un presidente mexicano, tras el cual iba disminuyendo su propia importancia.

Recuerdo que más o menos un mes después de haber “destapado” a López Portillo, nos convocó Echeverría a una junta para decirnos que: “El era el presidente de México y lo sería hasta el último minuto de su mandato”.

Estaba visiblemente molesto porque el nuevo sol estaba eclipsando al aún presidente.

Durante la campaña presidencial esa situación se fue acentuando; cada vez crecía la importancia de lo que decía López Portillo y, para contrarrestarlo, más furiosa era la actividad de Echeverría. Viajaba por todo el país prometiendo y aprobando programas para un futuro que ya no era suyo.

Veamos ahora la otra cara de la moneda:

En 1974, José López Portillo, era el Secretario de Hacienda en el Gabinete de Echeverría. Un día propuso imponerle a la hotelería un impuesto del 15% sobre el ingreso proveniente de turistas internacionales, que supuestamente podrían repercutirles.

La Asociación Mexicana de Hoteles, que yo presidía, se opuso, alegando que ello sería perjudicial y alejaría al turismo. Nuestra oposición y los argumentos a favor y en contra se fueron agriando hasta llegar a un franco enfrentamiento.

Las juntas en la oficina de López Portillo no conducían a nada, solo incrementaban las tensiones. En una de esas juntas, especialmente violenta, López Portillo golpeó con la palma de la mano la mesa y dijo: “Estoy cansado de esto. No sé ni por que discuto con ustedes si además fraudean al fisco”.

Tras unos instantes de pesado silencio le contesté: Señor Secretario: Nos está insultando. Solo hemos venido a discutir un impuesto que creemos perjudica al país… Si algún hotelero fraudea al fisco, ese es ¡su problema! no el mio. ¡Usted es el Secretario de Hacienda, no yo!”

López Portillo se levantó, dio vuelta a la mesa, me hizo señas de que me levantara y cuando esperé que ese grandullón me diera un golpe, me abrazó diciendo: “Bien, usted gana, pero no quiero mas ataques en la prensa ni comentarios venenosos”.

Salimos de ahí con una victoria, pero con la sensación de haber adquirido un enemigo poderoso.

Apenas un mes más tarde lo “destaparon” como candidato del PRI a la presidencia de México.

Cuando Lucila y yo nos enteramos por la televisión, ella comentó: “Tendremos que irnos a Siberia”. Yo pensé casi lo mismo…

Pasaron unos días, el besamanos estaba en pleno apogeo. Mis colegas insistían que había que cumplir con la ortodoxia, e ir. Yo, por los antecedentes, me negaba… hasta que me vi forzado y fui acompañado por parte de mi mesa directiva.

La cola era larga, pero nosotros logramos, por ir en grupo, ser pasados a un salón, donde nos hicieron esperar dos horas.

Finalmente pasamos a la oficina de López Portillo. Ahí estaba, transformado, me pareció radiante. Cuando me vio vino a mi encuentro: ” ¡Hola mi 15%!”, dijo y me abrazó. Platicamos unos minutos y antes de retirarnos me separó del grupo y me preguntó: “¿Siempre defiende usted sus cosas con el mismo calor?”

“Si señor”, le contesté.

“Bien, está usted en mi equipo — me dijo— Ya nos veremos”.

Salí de ahí con una extraña euforia, sin que en realidad me hubiera ofrecido nada…

Pronto me empezaron a llegar invitaciones para acompañarlo y hablar en su campaña; una experiencia única…

Un día en que el activismo de Echeverría había sido especialmente preocupante, le dije a López Portillo: “Señor, yo no soy político, ni tengo por que callar. Soy su invitado y estoy hasta el gorro de los problemas que crea Echeverría; parece querer que usted no llegue”.

La cara se de López Portillo se volvió de piedra…

— Casparius: ¡Si yo me aguanto usted también se va a aguantar! ¿Estamos?

— Pero…

— Nada… ¡Usted se aguanta! Y no haga ningún comentario que pudiera ofender al presidente…

Eso fue todo lo hablado… Supongo que lo pensado iba más allá. ¿Había intenciones de eliminar a López Portillo para que Echeverría siguiera en el poder?

Lo pensé entonces y me lo hacen pensar hoy…