Círculo de la salud

Una internación me permitió ver los distintos niveles de la atención médica
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Burbujas

Acabo de terminar la estadía en un hospital que duró 17 días los cuales sobrelleve con Lucila a mi lado día y noche.

Todos nos movemos dentro de ciertos círculos. Hay el familiar, el de los amigos, el del trabajo, y miles más, algunos de ellos desconocidos. Dentro de estos círculos hay uno muy grande que es el de la salud y que tiene innumerables facetas que ignoramos totalmente en tango gozamos de salud.

Houston tiene algunos de los mejores hospitales de los Estados Unidos, con enorme cantidad de gente que sirve en ellos y millones de buscadores de salud que vienen de todo el mundo a tratar de recobrarla aquí. Uno no piensa en ello y solo sabe que existen porque es parte de la infraestructura de salud de este país.

Entre esos grandes hospitales están desde luego el Methodist Hospital, el St. Luke’s, el MD Anderson, y otros menos conocidos internacionalmente, pero de ninguna manera inferiores en capacidad de atención a sus pacientes.

Yo estuve internado en el hospital Park Plaza de menor número de habitaciones pero igual o mejor calidad de atención que muchos otros grandes hospitales.

Entrar a ese círculo especial de la salud se debe generalmente a un problema serio que se tiene. En mi caso, se debió a un tumor en la vejiga que me abrió la puerta del hospital donde me mantuvieron otras complicaciones posteriores.

Mis noches terminaban generalmente a las 3 de la mañana sin ninguna razón especial. A partir de las 4, entraban enfermeras cada hora, prendían las luces, tomaban los signos vitales, y se iban. Yo me quedaba conectado con una serie de aditamentos por los que me daban suero y medicinas.

Durante los días y noches que pase en este gran hospital de Houston tuve tiempo para realizar un analisis crítico acerca de todo lo que estaba viviendo.

Pensando en el personal que me atendió, me atrevo a hacer una división entre los que trabajan por turno, muchos de ellos muy buenos, y los que trabajan como misión para atender a los necesitados. Dentro del grupo de los que trabajan por turno, hay gente sumamente eficiente, pero eficiente de 7 a 7 ó cualquiera que sea su horario de trabajo, y en el grupo de los que laboran por vocación hay algunas enfermeras excepcionales en cuanto al trato al paciente. Aclaro que ninguna de ellas me trato mal pero se siente quienes son los que trabajan por horas y quienes trabajan preocupados por sus pacientes. Ese es, llamémosle, el primer escalón.

En el segundo escalón, hay cierto número de médicos que estuvieron interesados todos los días en el proceso de mi curación. Ellos analizaban los resultados de los análisis de sangre que me extraían todas las mañanas y monitoreaban mi progreso. El interés y dedicación de esos médicos me hacía sentir muy apoyado, más allá de la pura atención de los cuidados básicos.

En el tercer escalón están los niveles de genios que indebidamente no aparecen sus nombres en letras de oro en los hospitales.

El primero de estos genios, únicamente para fines de enumeración, es el doctor Jonas Garcia, internista y cardiólogo que durante años ha sido mi doctor, y en esta ocasión me beneficio de su importancia, su valía y su capacidad como médico, demostrando el porqué es sin duda uno de los grandes médicos y maestros de Houston. No pasó un día sin que me visitara por la mañana y por la tarde, revisara en la bitácora todas las anotaciones hechas por otros médicos y enfermeras, y ordenara ciertas medidas para mejorar mi situación.

Otro de ellos, importantísimo porque fue el que me operó, es el doctor Juan Stern, el mejor urólogo que existe en Houston y que no solamente ejecutó una operación sumamente difícil sino que tuvo que afrontar el hecho de que uno de mis riñones no trabajaba adecuadamente. Es un médico sumamente ocupado pero durante los 17 días que estuve en el hospital todos los días me visitó dos veces también y cuando muchas de las cosas no resultaban como él esperaba, inventó junto con un gran radiólogo de ese hospital, un sistema de pequeñísimos tubos que instalaron subcutáneamente (sin abrir), para conectar el riñón que no trabajaba bien con la vejiga y dejando temporalmente en el exterior una bolsa alterna. En otras palabras, crearon un sistema de plomería bajo la piel sin molestias especiales para mí, pero que permitió que mi cuerpo poco a poco volviera a trabajar como debe de ser. La plomería todavía está conmigo y llevo en mi costado izquierdo una válvula que regula su funcionamiento.

Los dos nombres de los doctores Jonas Garcia y Juan Stern deberían de estar grabados con grandes letras en algún lugar porque lo que ellos hicieron para curarme tiene niveles de genialidad que debiera ser del conocimiento de muchos.

Espero ir mejorando y estar con ustedes cada semana hablando de temas que cuando uno está botado en el hospital parecen tan triviales, como los desacuerdos políticos y las críticas que con tanta facilidad se hacen de las acciones de los personajes públicos.

Espero que me perdonen haberles fallado una semana y les ofrezco hacer todo lo posible para que no vuelva a suceder.

Que Dios les de salud.