No dejar cabos sueltos

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No dejar cabos sueltos
El gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) durante las negociaciones de paz.
Foto: Archivo

Al Grano

Como desahuciado que recibe oxígeno y revive, las Farc, la guerrilla más antigua de Colombia, se ha levantado de su lecho de enfermo para obtener el trato al cual muchos creen no tiene derecho.

El gobierno y una gran parte de los ciudadanos, son generosos con los rebeldes que en algún momento de su historia confundieron los ideales y la defensa del pueblo con el crimen. Ahora gozan de la suerte de tomar otro aliento.

El pantallazo que las Farc se están dando les permite volver a estar en el foco de atención, protagonismo que se eclipsó desde que desperdiciaron el proceso de paz a comienzos de la década pasada en el gobierno de Andrés Pastrana, para continuar con los secuestros, el narcotráfico y el terrorismo.

Con esa decisión perdieron terreno militar y político, hasta el punto de ser acorraladas y tener que agazaparse en países como Ecuador y Venezuela, este último, escondite perfecto por la anuencia del gobierno revolucionario chavista.

Hay enemigos de la paz y los colombianos, junto a la prensa, deben vigilar el proceso para denunciar los ataques de quienes prefieren la guerra y no la reconciliación como beneficio para el país.

También hay que vigilar a estos “angelitos rebeldes” que pueden estar fingiendo, con el fin de fortalecerse logísticamente como lo hicieron en épocas pasadas, para seguir transgrediendo la ley. Sin embargo, no hay que olvidar que también ellos fueron traicionados cuando la “mano negra”, oculta en el propio Estado, asesinó a cientos de militantes y jefes guerrilleros, después del primer dialogo en 1984.

Por otro lado, las Farc no convencen negando su complicidad en el narcotráfico, porque hay evidencia de sus tratos con carteles mexicanos. Si se cierran sobre este tema, no habrá acuerdo.

A las Farc hay que exigirles que entreguen cultivos de coca y laboratorios, rutas del narcotráfico y delaten a sus aliados en Cuba y México. Que no sigan secuestrando y liberen a los menores de edad que han sido reclutados a la fuerza. Que silencien los fusiles de una vez por todas.

Los voceros tienen que poner sobre la mesa las exigencias claras y precisas, sin caprichos, ni resentimientos y ambas partes deben lograr garantías. Para las Farc ¿quién responde que fuerzas oscuras no vuelvan a matar a quienes se reincorporen a la vida civil? Para la sociedad ¿quién avala que no sigan delinquiendo bajo las sombras? ¿quién asegura la justicia y el castigo a los que han hecho tanto daño, masacrando y secuestrando? Por lo menos ciertos comandantes rebeldes, que cometieron delitos atroces, deben ser juzgados con el peso de la ley.

El perdón y olvido se ha intentado en otros procesos y ha fracasado porque los resentimientos, de parte y parte, no sanan con palabras ni promesas y, peor aún, con la acechanza de espíritus sedientos de venganza o codicia.

Desconfiar del enemigo es inevitable y más sabiendo que las Farc no representan al pueblo sino a un grupo de bandoleros que asumió su defensa sin pedírselo, usando el terrorismo y el crimen para mantener asustada a la nación. Al diálogo y a la paz hay que darle una oportunidad, pero sin dejar cabos sueltos ni bajar la guardia.