Un hedor feo que no llega a peste

El Congreso está de vacaciones y los escándalos en Washington descansan.

Esto nos da tiempo para pensar y evaluar los acontecimientos. Los problemas existen, pero todavía no han calado en el pueblo. Hay un hedor feo que todavía no llega a peste.

E escándalo que me pica cerca es el más grave para mi. Si no hay plena libertad de expresión siempre que se diga la verdad, el país va a sufrir las consecuencias.

No sé si en mis más de cinco décadas de periodista he manejado asuntos de seguridad nacional. No lo creo. Pero si estoy seguro que muchas veces he tratado temadas confidenciales con fuentes gubernamentales. Y nunca – ni en mis años de reportero, ni ahora como columnista – me he sentido amedrentado. Nunca dude de la legalidad de lo que hacía. Y muchas veces pensé que estaba ayudando al gobierno a diseminar información que necesitaban que el público conociera.

En 1980 la ola humana de personas que llegaron por Mariel fueron tiempos difíciles para el sur de la Florida. Llegaron 125,000 cubanos.

La noticia tenía importancia nacional pero el impacto que tuvo fue aquí, en el sur de la Florida. Los funcionarios del gobierno tenían mensajes que darles a funcionarios, a la población del sur de la Florida y a los recién llegados. No era posible que una sola conferencia de prensa al mediodía en Washington diera toda la información necesaria. Por eso los funcionarios de los distintos departamentos hablaban con periodista. Lo hacían con el pedido que no diera su nombre. Pero repartían información a los medios más importantes de la zona.

Un día recibí una llamada de un funcionario del Departamento de Estado quien me dijo que los primeros cubanos en asilarse en la Embajada del Perú llegarían a Perú al día siguiente. Convencí a los editores que me mandaran a San José y allí fui el único periodista de un medio estadounidense en presenciar la llegada de ese primer avión. Pero aún más importante fue el conseguir el nombre de los que llegaban que era pan caliente para sus familiares en Miami.

En aquella época las reglas eran muy claras. Al comienzo de una entrevista el funcionario explicaba cómo se le podía atribuir los que él o ella decían. Algunas veces decían que sólo se podía usar el material sin atribución alguna. Otras veces especificaban que podían atribuírselo a un alto funcionario del Departamento de Estado o de Justicia.

En 1969 yo conseguí información sobre el uso que la armada de Estados Unidos le estaba dando a Culebra y Vieques en Puerto Rico. Así mismo conseguí informaciones sobre Cuba durante la década de los 80. Después, ya como columnista siempre he usado estas fuentes en mis columnas de Colombia y Venezuela. El material siempre era fresco y no disponible en otras fuentes.

Si los que hablaron conmigo en aquellos años violaban alguna ley por divulgar información confidencial, yo nunca lo supe. Yo si sabía que lo único que yo hacía es buscar información, o sea mi trabajo de periodista.

Siempre agradecí la información que me dieron estas fuentes. Muchas veces me ayudaron a dar los que en la profesión llamamos palos periodísticos. Tampoco pensé que era posible que yo estuviera violando la ley. Los periodistas preguntamos. Las fuentes responden o no. Nuestro trabajo es buscar la noticia. Si nos topamos con temas de seguridad nacional lo único que tienen que hacer nuestras fuentes es decir que no pueden responder nuestras preguntas.

Pero aún en estos casos la prensa puede ejercer su poder para el bien del país. Eso es lo que hace una prensa libre, una prensa que trabaja sin pensar si hacer preguntas es un crimen. Eso es democracia. Y por eso este es el tema que más me preocupa.

Guimar123@gmail.com