Iselda Álvarez y los “happy campers” de Upper East Side

Iselda es una de las consejeras del campamento "Asphalt Green" en el Upper East Side, que en verano acoge a unos 700 niños y les ofrece primeras experiencias deportivas

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Iselda Álvarez y los “happy campers” de Upper East Side
Iselda Alvarez, con los brazos en alto, es consejera general del campamento de verano Asphalt Green.
Foto: Fotos: Silvina Sterin Pensel

Lleva el balón como si estuviese pegado a la punta de su pie; zigzaguea; luego amaga con ir a la derecha pero gira bruscamente hacia la izquierda ocasionando que los trece pequeños que la siguen caigan en efecto dominó, uno sobre otro.

Las risotadas, agudas e inocentes, sofocan el ruido de los carros que atraviesan velozmente el FDR, a un costado de la cancha de fútbol del campamento Asphalt Green.

Con su playera verde estridente, Iselda Álvarez corre al rescate de los Messi y las Mía Hamm en miniatura. Extiende sus brazos salvadores pero los futbolistas la arrastran al suelo. Campers y consejera ruedan sobre el gigantesco rectángulo de pasto sintético que se extiende entre las calles 90 y 92 a lo largo de la Avenida York.

Con sólo 19 años, Iselda es una de las más jóvenes ‘general counselors’ de este tradicional campamento del Upper East Side que, cada verano, hace ya un cuarto de siglo, permite a alrededor de 700 chicos disfrutar en grande y hacer sus primeras experiencias deportivas. “Tenemos de todo, pero el fútbol es mi favorito porque mi papá era un gran jugador allá en Honduras”, comenta Iselda después de patear un tiro libre directo a un ángulo de la portería.

Los niños observan con la boca abierta y se sorprenden más cuando la escuchan hablar en español durante la entrevista y adentrarse en aquellas historias que su padre, Matías, le narra a diario.

“Nuestra casa, en Brooklyn, está llena de trofeos que se ganó allá y acá. Ya no juega porque tuvo artritis y una cirugía”, apunta la muchacha, pero según me dicen él y mamá, tuvo una época de esplendor y me parece que yo lo llevo en los genes”.

Sin demasiado recreo, Iselda hace que los niños formen una fila. Alineados y casi escondidos tras sus mochilas que, en la mayoría de los casos, son más grandes que ellos, se dirigen a uno de los gimnasios puertas adentro. Es tiempo de probarse frente al aro de básquet.

Los Gummy 5 –así se llama esta división que agrupa a pequeños de 5 y 6 años y cuyas edades están por arriba de los Teddy, los más gurruminos, y por debajo de los Pandas y los Koalas- obedecen como si se tratara del ejército. “Hemos tenido suerte con este grupo, son todos muy buenos y dóciles”, señala Iselda, y como nos recuerda todo el tiempo nuestra Head Counselor, la paciencia es clave. Es todo patience, patience, patience”. Brittany Dallal, la consejera principal y quien repite eso como un mantra, asiente.

Los basquetbolistas están ahora divididos en dos equipos: cada quien intenta encestar en un aro colocado bien por debajo de la altura reglamentaria pero que, a ellos, les sigue pareciendo como la cima del Everest. Se escuchan festejos, algunos suspiros decepcionados y, de repente, llanto.

El trío de consejeros, Brittany y sus dos manos derechas, Iselda y Jason, asumen sus roles y despliegan el operativo: Brittany se cerciora de que no haya heridos, Jason calma al grupo e Iselda se encarga del jugador con lágrimas. Lo mira fijo, le sostiene la carita con ambas manos e intercambian algunas palabras. La receta parece haber dado resultado porque, rápidamente, el camper vuelve al ruedo picando la pelota con renovada energía.

“Me encantan los niños”, afirma Iselda con la expresión de quien ha cumplido con éxito una compleja misión, pero además, aquí en Asphalt Green nos dan un entrenamiento intensivo sobre cómo tratar a un niño que está encaprichado, triste o enojado“. “Agacharse para estar al mismo nivel que el enfadado interlocutor es vital”, explica, “así uno se ve menos intimidante. También les enseñamos que tanto aquí como en la vida, a veces se gana y a veces se pierde y hay que estar ok with both situations”, agrega con tono filosofal.

Sus padres son de Tela, una ciudad puerto de altas palmeras y playas bellísimas bañadas por el mar Caribe. Vinieron aquí buscando poder brindar un mejor pasar a sus tres hijos a los que dejaron en Honduras. “Imagínate un dólar son como 20 lempiras”, exclama Iselda con sus ojos bien abiertos y enmarcados en gruesos anteojos negros.

Aquí en la Gran Manzana encontraron buenos trabajos y una sorpresa: el nacimiento de Iselda. Soy la más pequeña y la única que puede viajar entre ambos países”, sostiene. En diciembre, para las Navidades, piensa ir a ver a sus hermanos a los que no ha visto en ocho años. “No veo la hora de abrazarlos, ponernos al día y jugar al fútbol en los mismos lugares donde jugaba mi padre”.