El futuro de los sindicatos

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El futuro de los sindicatos
Richard Trumka, presidente de AFL-CIO, abogó por tender puentes a otras organizaciones, muchas de ellas hispanas.
Foto: AP

Sociedad

Miembros y líderes de los 57 sindicatos de la federación laboral más grande del país (AFL-CIO) se reunieron en Los Ángeles para discutir sobre las alarmantes cifras de la afiliación sindical que se redujo a solo 11.3 %, su nivel más bajo en 97 años

Peor aún, la tasa de sindicalización en el sector privado se desplomó a solo 6.6 % el año pasado.

La decadencia de la actividad sindical no es nada nuevo, dice el periodista Michael Paarleberg. En Estados Unidos comenzó a mitad de la década de los50 y se aceleró a partir de los setenta. Lo que resulta novedoso este año, dice, son las causas: mientras que, desde hace tiempo, la pérdida de afiliación sindical se relaciona con la desindustrialización, ahora se concentra en los trabajadores de la administración pública, el último bastión del sindicalismo organizado.

Hace décadas, cuando comenzaron los cierres de fábricas, muchos sindicatos se pasaron al sector público, en torno a lo que se consideraban trabajos estables: profesores, bomberos, policías, y trabajadores de la sanidad y los cuidados infantiles.

Luego llegó la recesión y una nueva oleada de gobernadores republicanos en varios estados (Wisconsin, Indiana, Ohio, Michigan, entre otros), aprovecharon la situación para castigar a sus oponentes políticos. Uno de los mayores deterioros sindicales se produjo en Wisconsin, donde el gobernador Scott Walker despojó a la mayor parte de los funcionarios de su derecho a la negociación.

En términos generales, durante los últimos 40 años, esta ofensiva empresarial (apoyada en ocasiones por el Gobierno) contra los sindicatos desde los tiempos de Ronald Reagan, ha tenido éxito. Los sindicatos lucharon una batalla difícil que con frecuencia perdieron, en pos de mantener beneficios. Los niveles salariales bajaron. Y la membresía en los sindicatos cayó abruptamente. Los sindicatos con frecuencia reaccionaron volviéndose aún más acomodaticios a las demandas patronales.

La llamada crisis financiera que comenzó en 2007 cambió todo esto. El mundo vio la emergencia de nuevos tipos de movimientos radicales como Occupy, los indignados, Oxi y otros. “Y de repente vimos que los sindicatos respondían luchando con nuevo vigor, y que participaban en los levantamientos generales de los estratos de trabajadores”.

El último año, dos de las acciones sindicales más notorias en Estados Unidos (un día de huelga “relámpago” en los restaurantes de comida rápida de Nueva York y en los almacenes Walmart de toda la nación) fueron coordinadas por grupos que no forman parte de los sindicatos tradicionales: las Comunidades para el Cambio de NYk y OUR Walmart, aunque ambos recibieron apoyo sindical.

Y en aquellos sectores donde los sindicatos no habían conseguido organizarse a causa de su naturaleza contingente o informal, se han creado redes de nuevos centros de trabajadores, señala Paarleberg; entre las que se encuentran los Restaurant Opportunities Centers, Retail Action Project, National Day Laborer Organizing Network y National Domestic Workers Alliance. Y sus triunfos se han conseguido principalmente fuera del ámbito del ente que gobierna los sindicatos, el National Labor Relations Board (consejo nacional de relaciones laborales).

Entonces vino el nuevo dilema, dice el sociólogo Immanuel Wallerstein. Las culturas de los nuevos movimientos radicales y de los sindicatos eran bastante diferentes. Los nuevos movimientos eran “horizontalistas” —creían en movimientos construidos desde abajo que no tenían una orientación hacia el Estado y que esquivaban la creación de jerarquías organizativas. Los sindicatos eran “verticalistas” y enfatizaban la planeación, la disciplina, las tácticas balanceadas, coordinadas por las estructuras centrales.

Y no obstante, era en interés de los sindicatos y de los nuevos movimientos radicales trabajar juntos, o por lo menos eso piensan muchos

“Somos 13 millones, somos la fuerza más organizada por la justicia económica, pero somos una pequeña parte de los 150 millones de trabajadores estadounidense (…) No podemos lograr la justicia económica nosotros solos, no sería correcto y no sería posible. O nos elevamos juntos o nos caemos juntos”, declaró el presidente de la AFL-CIO Richard Trumka en la convención de Los Ángeles.

Pero, ¿qué significaba trabajar juntos? ¿Cuál de las dos culturas prevalecería en cualquier cooperación? Esto se ha vuelto un asunto importante de debate en ambos campos —un debate en el que hay quienes son intransigentes y otros que están buscando combinar esfuerzos, señala Wallerstein

“La fortaleza de las fuerzas horizontalistas, dice, es que pueden convocar la energía y el esfuerzo de las personas que de algún modo se mantenían pasivas. No hay duda de que los movimientos horizontalistas han probado ser muy exitosos hasta ahora en hacer esto. Tienen una mejor visión estratégica de más largo plazo que los sindicatos”.

La fuerza de los sindicatos es que pueden movilizar a un grupo relativamente disciplinado de personas y una cantidad de dinero relativamente significativa para lanzarse a las batallas cotidianas que se luchan en comunidades. Tienen una mejor visión táctica de más corto plazo que los movimientos horizontalistas”.

Habremos de ver si la convención nacional de la AFL-CIO juntó de nuevo a las alas horizontalistas y verticalistas en la lucha contra las desigualdades existentes. “Es sólo mediante la combinación de un movimiento sindicalista radicalizado y de movimientos horizontalistas disciplinados tácticamente lo que podría hacerles lograr, a cualquiera de ellos, sus objetivos”.