Recuerdos de mi niñez

Traspasar un niño de la ciudad de México a un país lejano, con otro idioma y otras costumbres, no fue fácil ni para mi madre ni para mí
Recuerdos de mi niñez
Foto: Morguefile

Burbujas

Mi relato, de seguro, carece de la precisión de un análisis histórico y solo voy a contarles lo que creí ver y vivir.

En octubre de 1928 llegue, a bordo del barco “Río Panuco”, tras 21 días de navegación, a Alemania. Mi madre, viuda, me envió para hacerme un “hombre de bien”; tenia yo nueve años de edad. En ese entonces no había comunicación aérea, vaya, ni telefónica. Traspasar un niño de la ciudad de México a un país lejano, con otro idioma y otras costumbres, aunque había algunos parientes de mi padre, no fue fácil ni para mi madre ni para mí.

Fui internado en una escuela, en las goteras de Berlín, donde había unos 200 estudiantes que nunca habían visto un mexicano y un solo maestro que hablaba algo de español. Fui a un país en que había que aprender todo de nuevo y sin mamá.

En la primera cena el día de mi llegada, me asignaron una mesa en la que éramos diez.

Me dieron un pedazo de una salchicha, una papa hervida, una gran rebanada de pan negro con manteca y un vaso de agua. Yo esperaba algo más… No lo había. Me habían asignado el cuarto #22 en la casa nueve, a la que me llevaron como en procesión; en el cuarto estaban dos alumnos que no dejaban de sonreír y mirarme, me dejaron escoger cama y ahí estaba el enorme baúl enviado por mi madre directamente a la escuela. Estábamos en el intercambio de sonrisas cuando llegó el maestro que hablaba español y fui con el a su invernadero.

—“Doy clases de botánica” me dijo y preguntó: Como te sientes? -No sé, contesté y pregunté a mi vez: ¿Aquí siempre comen así?

Se hizo un largo silencio… “Es la crisis” me dijo.

— ¿La crisis? – pregunté.

—- Eres muy chiquito para entenderlo. Pero en Alemania y en muchas partes del mundo hay millones de personas que no tienen trabajo.

Ese fue mi primer contacto con “la crisis”… Es algo que hace que la gente no coma, pensé.

En el desayuno me sirvieron avena, una especie de engrudo endulzado con algo, otra papa, un brebaje de garbanzo tostado, imitación de café, y un pan negro con algo de margarina. Lo comí sin chistar… “la crisis”, pensé…

Pasó el tiempo, el frío me produjo sabañones, pero la nieve me impresionaba y al llegar la Navidad me reconcilie con el clima. Durante esos tres meses antes de las fiestas hablamos el maestro y yo muchas veces. Yo seguía preguntando por “la crisis” y antes de salir de vacaciones, me dijo:

—“Mucho tiene que ver el tratado de Versalles en la crisis de Alemania”.

En una cena, previa a la Navidad, en casa de mi tía Alicia en Berlín, todos me pidieron que dijera algo en alemán. Pregunté en alemán: ¿Por qué Versalles tiene la culpa de “la crisis”?

Me miraron con sorpresa:

—“El Tratado de Versalles si es importante, pero estas muy chico para entender de política. Ten cuidado con los agitadores que pueden confundirte”

Yo almacené más palabras: desempleo, Versalles, política y agitadores. Fue hasta abril de 1929 que mi maestro, el Doctor Weber, volvió a la escuela. un día, terminadas mis clases fui a su vivero y le dije: —Ya soy más grande, cumplí 10.Usted me explicó lo que es desempleo. Ahora dígame, por favor, que son Versalles, política y agitadores.

— Vas muy aprisa muchacho. Voy a hacer un trato contigo: Una vez a la semana vas a venir aquí al vivero y hablamos de todo eso y tú plantas cosas que puedas comer, y me cuentas tus observaciones. Sellamos el pacto… Una semana después tras haber preparado la tierra en mi pequeño lote y sembrado rabanitos.

— Así como tienes que esperar que lo que sembraste nazca y crezca, así es todo en la vida. Si crecen yerbas malas que puedan arruinar tu cosecha tienes que destruirlas o acabaran con lo tuyo.

— Usted me prometió explicarme “política”…

— Intentare explicarte: La política es una actividad a la que se dedican personas que supuestamente ofrecen solucionar los problemas de otros pero casi nunca lo hacen.

— ¿Entonces es mala la política?

— No… lo son muchas gentes que viven de eso y no hacen nada por otros, solo por si mismos.

Una semana después volví al vivero.

— Mira, me dijo, va naciendo lo que sembraste…

— ¿Y un agitador que es? – pregunté.

— Es un fanático que aparenta tener soluciones. Esos fanáticos se multiplican e imponen sus ideas a base de temor. Entonces no lo sabía, pero ahora supongo que se refería a Adolfo Hitler que llegaría al poder años mas tarde.

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