La vida no gira sólo en torno a nosotros
Hace unas semanas, hablé con un grupo de estudiantes de la secundaria. Dije algo escandaloso supongo, porque, cuando lo dije, varios estudiantes lanzaron ahogados gritos de asombro. Lo que me sorprendió es que lo que los muchachos consideraron controvertido, para mí es de sentido común.
Me intrigan los instintos y las idiosincrasias de esta última generación de jóvenes estadounidenses, la así llamada Generación del Milenio, y cuál es el reto, para los padres, de criar niños (en mi caso, de 8, 6 y 4 años) en un ambiente donde los mensajes que les llegan a diario parecen ser los opuestos de las lecciones y los valores que estamos intentando enseñarles.
“En mi caso,” expresé a los estudiantes, “Estoy tratando de enseñar a mi hija de 8 años, que ella no es especial, que ella no es el centro del universo y que el mundo no gira en torno a ella.” Eso fue lo que causó asombro. Parecieron preguntarse, “¿Por qué enseñaría un padre a sus hijos que no son especiales?”
Porque no lo son. Tenemos toda una generación, y ahora quizás sean dos generaciones, de jóvenes estadounidenses que han sido criados para adorar la santa trinidad de Yo, Mí y Yo mismo.
Echen la culpa a los padres. Se les ha dicho a estos muchachos que son especiales. Y la industria del juguete. En la actualidad, los niños tienen muñecas fabricadas específicamente para que se parezcan a ellos. Y en la escuela elemental, se les ha ahorrado a estos niños la humillación de que sus deberes sean corregidos en tinta roja, porque los educadores decidieron que el color es demasiado opresivo.
Y la obsesión de nuestra sociedad con la autoestima. Para el momento en que nuestros niños llegaron a la escuela media, se dieron cuenta de que no importaba quién era el primero, porque a todos les darían un trofeo.
Y debemos echar la culpa a la industria del espectáculo. Cuando estos niños estaban en la secundaria, quedaban pegados a programas realidad como “American Idol”, “The Voice” y “The X Factor”, en que jóvenes excesivamente seguros de sí mismos, que no pueden cantar, no dejan que los afecten las críticas de los jueces, en busca de la droga favorita de esta generación: la fama.
Y la tecnología. Para el momento en que ingresaron a la universidad, estos jóvenes habían pasado miles de horas en Facebook y Twitter, donde se valora la opinión de todo el mundo de igual manera.
Y, finalmente, debemos echar la culpa a la cultura de narcisismo de nuestra sociedad, desde actores a maestros, a pícaros congresistas, presentando fotos tontas e indulgentes de un mismo, que sirven como autorretratos digitales instantáneos.
Miren en derredor, dije a los estudiantes. Todo gira en torno a nosotros. Vivimos en una sociedad donde hay infinitas maneras de pedir una taza de café, o un sándwich. Todo se hace a medida, para satisfacer nuestros gustos, porque, supuestamente, somos especiales .
A mi hija de 8 años tengo que enseñarle lo opuesto. Porque si no lo hago, algún día, cuando sea mayor, un mundo frío y despiadado lo hará. Y no con amor y compasión.
The Washington Post Writers Group