Francisco, doce meses después

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Abril de 2005. La Roma de después del pontificado de Juan Pablo II volvía al ritual de elección de un nuevo Papa. Un cónclave más. Se esperaba corto y así fue. Lo que debía permanecer en secreto pronto fue comentario en tertulias, calles, redacciones de periódicos. El más votado en la primera noche lo fue el cardenal Martini. Ante la negativa del mismo surgió un nombre hasta el momento desconocido en las quinielas, Jorge Mario Bergoglio. No fue el elegido, pero quizás sí el pactado.

Casi 8 años después de la elección de Benedicto XVI, en una movida sorprendente y audaz, renuncia al pontificado. Era la primera vez en varios cientos de años que eso ocurría. De nuevo la maquinaria electoral se puso a funcionar. Y ahora, ¿quién? El recuerdo de Bergoglio estaba aún vivo en muchos de los participantes del Cónclave del 85. El jesuita que pudo haber sido elegido en el 2005 fue el seleccionado. Y con él llegó la primavera a la Iglesia.

Todo este año ha sido de sorpresas, alegrías, incertidumbres en la Iglesia y en la sociedad en general. El hombre que fueron a buscar al fin del mundo se ha puesto a la cabeza del liderazgo mundial. Era impensable que periódicos como el New York Times, Le Monde, Il corriere della sera o La Reppublica le dedicaran páginas y comentarios laudatorios a un Papa. Las revistas de gran tirada mundial como Vanity Fair, New Yorker, Forbes, Rolling Stones Time le dieron igualmente cobertura. Ante este hecho mediático nunca antes visto para con un Papa la pregunta que viene a mente en primer lugar es ¿quién es este Papa? ¿Por qué de su popularidad?

Para entender este primer año de Francisco, sirve recordar el viejo cuento de los hermanos Andersen, aquel que nos habla de unos farsantes que vendían una tela visible tan solo a los inteligentes. Nadie quería pasar por ignorante y todos alababan algo que no existía. Fue un niño quien vio al Rey vestido con la famosa tela el que dijo que estaba desnudo, que todo era una farsa.

Francisco ha sido un poco el niño que nos ha dicho que hay mucha farsa en la Iglesia, mucha mediocridad, y muy pocas ganas de vivir el evangelio y el mensaje de Jesús de Nazaret. Y la mejor forma de declarar que la tela invisible no existe es la de volver a lo fundamental de la Iglesia, el ser humano que busca razones para creer, metas por las que luchar, amores que llenen su corazón, sentido para su vida.

La Iglesia, aquella que Lutero afirmaba que Semper est reformanda (que siempre se debe reformar) es la que ha visto en Francisco un pastor, un hombre de fe, un hombre actual, que vive y sufre las angustias y esperanzas, las penas y tristezas de la comunidad humana. Por eso lo sigue, lo escucha, lo admira, lo critica, lo reniega. Y Francisco, desde su sencillez, ha puesto de actualidad el viejo diálogo entre D. Quijote y Sancho, “deja que los perros ladren, señal que cabalgamos¨ Francisco, inquieto y andariego como Iñigo el de Loyola, su maestro, es corredor de fondo, cura callejero como se definió él mismo, que está saliendo a los caminos del mundo para darnos esperanzas. Lleva un año. Dejemos que siga caminando a pesar de los perros.