window._taboola = window._taboola || []; var taboola_id = 'mycodeimpremedia-network'; _taboola.push({article:'auto'}); !function (e, f, u, i) { if (!document.getElementById(i)){ e.async = 1; e.src = u; e.id = i; f.parentNode.insertBefore(e, f); } }(document.createElement('script'), document.getElementsByTagName('script')[0], '//cdn.taboola.com/libtrc/'+ taboola_id +'/loader.js', 'tb_loader_script'); if(window.performance && typeof window.performance.mark == 'function') {window.performance.mark('tbl_ic');}

Los abuelos también emigran de México a Estados Unidos

México ha visto repunte de personas de edad que cruzan la frontera

Salvador Baeza, quien emigró a los 56 años y fue  repatriado a México, busca a  los  63  volver a EEUU.

Salvador Baeza, quien emigró a los 56 años y fue repatriado a México, busca a los 63 volver a EEUU. Crédito: <copyrite>La Opinión - </copyrite><person>Gardenia Mendoza< / person>

MÉXICO, D.F.— Pertenecen a uno de los sectores más vulnerables de la sociedad: son casi un millón —dice la estadística oficial— de emigrantes de la tercera edad que desde hace una década buscó cruzar la frontera hacia Estados Unidos.

A algunos les reclama la familia para que cuiden a los nietos y enfermos; otros, enviudan o fueron desplazados por las nuevas generaciones en el mercado laboral y buscan empleo.

A veces les consume la soledad porque los hijos ya no vuelven por miedo a no poder cruzar de nuevo sin papeles o los empuja la nostalgia porque fueron indocumentados sin tanto problema con la Patrulla Fronteriza, las leyes antinmigrantes y las deportaciones.

El caso es que el perfil del migrante está madurando.

“La edad de las personas que emigran ha ido aumentando debido a las redes sociales bilaterales y los cambios en las condiciones hacia la migración en Estados Unidos en la última década”, observa Verónica Montes de Oca, experta en el tema en la Universidad Nacional Autónoma de México, que ha realizado investigaciones en ambos lados de la frontera para determinar el perfil del emigrante de la tercera edad.

Según la encuesta AMIF del Colegio de la Frontera Norte (Colef) en el año 2003, los ancianos representaban solo el 3% de la diáspora mexicana, pero para el 2010 (el año pico en este sector) llegó hasta el 16%; es decir, 185,500 del total.

Posteriormente, el número decreció, pero nunca a los poco más de tres mil cruces que en los años 80 documentó el Consejo Nacional de Población.

“Las familias están capitalizando y fomentando el creciente flujo de esas personas porque aunque son viejos son sanos : sus índices de diabetes (35%) y de hipertensión (50%) son mucho más bajos que el promedio de mexicanos de la misma edad que viven en EEUU”, observó Silvia Mejía, analista de salud y envejecimiento de la migración del Colef.

Por ello se encuentran casos de empresarios de origen mexicano exitosos en los EEUU que recurren a sus padres para que se vuelvan sus cuidadores en tratamientos de enfermedades crónicas, o de mujeres mayores contratadas exclusivamente para cocinar a grupos de trabajadores que no quieren tener la dieta de comida rápida común en los EEUU.

De su más reciente estudio, la investigadora del Colef concluyó que la experiencia de salir del país para quienes redujeron los niveles de depresión y ansiedad de los ancianos, fortaleció su autoestima y les dio valor para empezar con una nueva vida.

“El reto es integrarlos en Estados Unidos, lograr que no se encierren, que se integren de alguna manera y sigan con la experiencia de manera positiva”, señaló Mejía

  • 2004- 49,228
  • 2005- 63,177
  • 2006- 67,484
  • 2007- 63,902
  • 2008- 85,315
  • 2009- 97,500
  • 2010- 185, 500
  • 2011- 133,144
  • 2012- 46,538

A los 50 años, Salvador Baeza terminó de criar a sus nueve hijos. No pudo darles estudios universitarios pero “los sacó” adelante como jornalero en el campo en Vista Hermosa, Michoacán.

Ninguno le salió malandrín, dice, porque fue un “padre presente”.Baeza resistió la tentación de emigrar cuando era joven para evitar que los niños “se le descarriaran”.

Su angustia comenzó al darse cuenta que, si bien ya no tenía obligación con nadie, la vejez se aproximaba con la misma crudeza que los rechazos a sus solicitudes de empleo.

“Convencí a mi esposa de que nos fuéramos cuando teníamos 56”, cuenta. Vivieron juntos en Tacoma, Washington, durante 10 años hasta que ICE lo echó a él del país hace unos días. Piensa volver.

Clemente Covarrubias asumió su papel de “abuelo-nana” con sus tres nietos en Estados Unidos. “No había quién le entrara y yo acepté porque mi mujer me rogó para que, entre los dos, ayudáramos a mi hijo”.

Así vivió en Los Ángeles la última década de sus 73 años de vida hasta que por discusiones con la nuera terminó en prisión y fue expulsado del país.

El indocumentado oriundo de Nocupétaro, Michoacán, lamenta su suerte: se había encariñado con los niños, a pesar de que trabajaba doble jornada como baby sitter y obrero en una imprenta para apoyar la economía familiar golpeada por una mala racha. Pero pretende emigrar otra vez. En México ya no tiene a nadie.

A los 61 años, Ramón Álvarez se siente como un muchacho de 20. Principalmente porque gracias a su dominio de la computadora, la web y las redes sociales volvió a localizar a su antigua novia en Estados Unidos con la que terminó su relación en 2011.

Fueron pareja durante más de una década en Arizona hasta que, por diferencias de carácter, decidieron separarse y él regresó a México. “Lo que más me dolió fue perder la relación con los cinco hijos de ella, ya todos mayores, porque nos llevábamos muy bien, hasta me dicen papá y yo no tengo hijos”.

A través de ellos volvió a contactar a su ex pareja en Facebook. En pocos meses el amor revivió a distancia y acordaron volver a ser familia si él logra cruzar la frontera y llegar a Kansas City, donde se mudó la mujer. Para allá va.

En esta nota

México
Contenido Patrocinado