El común denominador entre Venezuela, México y Ucrania

Prendí la televisión hace unas semanas y aparecieron imágenes de cientos de manifestantes de todas las edades y ambos sexos arriesgándose contra hombres armados de algún régimen que no parecía muy preocupado por los derechos humanos. Mientras, la voz de la reportera especulaba si dicho régimen podría caer en los próximos días y cómo la comunidad internacional estaba consternada por los muertos y heridos. Un hombre manifestante de mediana edad, delgado, doblado al inglés sin poder escuchar el idioma original, hablaba que la situación no puede seguir así, que están luchando por la dignidad de su país y la liberación de una tiranía corrupta sin escrúpulos ni ley.

Por algunos momentos, no tenía idea si estaba viendo imágenes de Venezuela, Ucrania o del estado mexicano de Michoacán.

Una revisión de los tres casos, en efecto, demuestra el común denominador de lo que se quejaba aquel manifestante (ucraniano, resultó). Por un lado está “La Familia de Donetsk” de Viktor Yanukovych, los “Bolivarianos” de Nicolás Maduro, o los Caballeros Templarios en Michoacán (bajo varios líderes). Dichos regímenes comparten ciertas características. Primero, un estatismo donde la clase gobernante y sus aliados clave se hacen fantásticamente ricos a través del poder político y las restricciones económicas que imponen. Dos, dicho poder no emana de leyes o normas, sino de relaciones verticales y lealtades fácticas, con papeles clave de la policía política y la prensa intimidada. Tres, una seudo ideología que justifica la depredación, facilita la cohesión, y permite la marginalización y deshumanización de opositores. El resultado no solo es represión política y social, sino destrucción de la economía social.

Sería obvio acusar a dichos regímenes como el común denominador de la miseria de estas tres regiones tan diferentes. Pero hay otra causa raíz que debemos explorar.

¿Cómo es que llegaron estos regímenes al poder y se enquistaron ahí?

He estado estudiando transiciones políticas casi tres décadas, incluyendo sus reglas cardenales. Una de ellas: Cuando llega al poder un líder democrático y actúa decisivamente en implementar reformas liberales, no sólo mejora su país y reduce la corrupción, sino que civiliza a futuros gobiernos. Alas —lo opuesto también es cierto.

El desastre en Venezuela, Ucrania y Michoacán es el resultado inevitable de los previos líderes democráticos, pero confusos o traidores.

Vicente Fox, Viktor Yushchenko y Carlos Andrés Pérez probablemente tenían buenas intenciones, pero son los padrastros de la situación actual. Los tres vinieron de fuerzas democráticas, pero una vez en el trono presidencial siguieron una política económica no liberal sino estatista, tolerando monopolios, una cultura de subsidios y paternalismo, vacilando en política exterior (el venezolano apoyaba a Fidel Castro pensando que éste sería recíproco) y —en los casos de Yushchenko y Fox— rodeándose de los elementos fácticos del previo régimen dictatorial, asegurando su crudo resurgimiento más adelante.

Lo más cruel que puede hacer un líder demócrata al futuro de su país es no debilitar los poderes fácticos con reformas de mercado y de cuadros. El costo son miles de familias que no saldrán de la pobreza, miles de muertos por el “hampa”, miles de millones de dólares hurtados por la clase política, y, como vemos en Venezuela y Ucrania, hasta vulnerabilidad geopolítica ante potencias extranjeras.

La única opción para la gente normal es callarse y sufrir, o arriesgar todo saliendo a las calles y luchar.