Una cuestión de principios

Siempre es agradable ser invitado. Pero con los latinos, las cosas sólo se ponen interesantes cuando lo ‘desinvitan’ a uno. Me ha pasado varias veces.

Hace unos años, me comprometí a hablar en la conferencia anual de la Asociación de Educación Bilingüe de California. Después alguien me “Googleó” y encontró que, en el curso de los años, había criticado la educación bilingüe, la invitación fue rápidamente retirada.

Ahora ha vuelto a ocurrir. Manny Ruiz, director ejecutivo de la conferencia de medios sociales con sede en Miami, Hispanicize, me invitó para moderar un panel centrado en un estudio sobre las tendencias políticas de periodistas latinos. En el panel figuraba el representante de la Asociación Nacional de Periodistas Hispanos (NAHJ), con quien Ruiz estaba tratando de forjar una alianza. El año pasado, critiqué a la NAHJ por ceder a la exigencia del presidente de la Asamblea de California, John Pérez, de que el grupo expulsara a un rival político de un panel de su propia conferencia anual. Alrededor de dos semanas antes del evento de Hispanicize, recibí un mensaje electrónico de Ruiz diciendo que él debería haber consultado con los otros panelistas y que —tras hablar con ellos— “se [había] tomado la decisión” de “rescindir la invitación”.

Lo que frena el avance de los latinos no es sólo la discriminación, las escuelas deficientes, el acceso inadecuado al capital, la reacción de los nativistas y las puertas cerradas, desde Wall Street hasta Hollywood.

Algunos impedimentos son internos. Muchos latinos están —debido a la forma en que han sido tratados— plagados de inseguridades. A menudo reprochan, regañan o atacan a los que ofrecen un punto de vista diferente.

Consideremos el cuento de la UFW y uno de los disidentes de la organización, co-fundador del sindicato, que fue tratado injustamente en el nuevo filme “César Chávez”. Los cineastas —que obtuvieron derechos de copyright de la UFW y trabajaron con funcionarios del sindicato para crear la historia— escogieron a Michael Peña para protagonizar al icónico líder sindical. Yancey Arias interpreta a Gilbert Padilla, que ahora tiene 86 años y es un exorganizador comunitario que luchó en los campos junto a Chávez.

Padilla renunció como tesorero-secretario de la UFW después de expresar su inquietud sobre la contabilidad del sindicato. Se convirtió en un crítico elocuente de la dirección en que Chávez estaba llevando al sindicato —es decir, apartándose de la organización de los campesinos y hacia un boicot nacional de la uva. También criticó la tendencia de Chávez a creer sus propios recortes de prensa, y el hecho de que un sindicato que fue creado por muchos individuos fuera descripto en los medios como la obra de uno solo. Pronto, se etiquetó a este veterano del movimiento sindical como traidor.

En el otoño de 1990, yo di un curso de estudios Chicano-Latinos en la Universidad de California en Fresno. Cuando invité a Padilla a hablar a mis estudiantes sobre la UFW, el jefe del departamento me llamó a su oficina y trató de que yo lo “desinvitara”. Me negué a hacerlo y lo traje a la clase.

Nunca más solicitaron mis servicios como profesor en esa institución.

Presten atención, latinos. Mantener los principios de uno no es una manera de hacerse amigos. Pero es esencial para que dejemos de ser nuestros peores propios enemigos.

The Washington Post Writers Group