Monseñor Gerardi: 16 años de misterio

Apuntes de un crimen irresuelto en Guatemala
Monseñor Gerardi: 16 años de misterio
El Papa Juan Pablo II saluda al Obispo Juan Gerardi en esta foto de 4 de marzo de 1994.
Foto: Archivo

El Obispo Juan Gerardi Conedera, de 80 años, fue atacado a golpes en el garaje de una casa parroquial a las 10 de la noche del 26 de abril de 1998, en la Ciudad de Guatemala. El ataque ocurrió 48 horas después que Gerardi presentó el informe “Guatemala: Nunca más”, del proyecto de Recuperación de la Memoria Histórica (Remhi) de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado de Guatemala.

El informe del Remhi fue el primero que individualizó responsabilidades en las violaciones de derechos humanos durante el conflicto armado (1960-1996), y reveló que las fuerzas del Estado, o dirigidas por este, fueron responsables del 91 por ciento y la guerrilla, del 3 por ciento. Los hallazgos del Remhi se obtuvieron, en parte, del estudio de una muestra de 410 masacres ocurridas en el país durante el conflicto armado.

En junio de 2001, el capitán del Ejército Byron Lima Oliva (ex miembro del Estado Mayor Presidencial, EMP, cuerpo de seguridad militar que resguarda al presidente y su familia); su padre, el coronel retirado Byron Lima Estrada, el sargento Obdulio Villanueva y el sacerdote Mario Orantes, fueron condenados por el crimen. Los militares fueron sentenciados a 30 años de cárcel por ejecución extrajudicial; Orantes, a 20 años, por complicidad. Años después, la sentencia contra los militares fue modificada a 20 años (y el cargo, modificado a complicidad). Para entonces, Villanueva había sido asesinado durante un motín en la cárcel.

La conclusión, que llevó al juicio en 2001, fue que el Ejército ordenó el asesinato en venganza por las conclusiones del informe del Remhi. Sin embargo, hubo varios hechos que riñen con este móvil.

El testimonio de Rubén Chanax Sontay, un lava-carros que vivía en el parque y dormía frente a la casa parroquial, fue clave para las condenas en 2001. Pero Chanax modificó ese testimonio hasta cinco veces, no con omisiones como dijo la fiscalía guatemalteca, sino con contradicciones e inconsistencias que lanzaron serias dudas acerca de su versión. Como corolario, después del juicio, Chanax admitió al autor Francisco Goldman que fue contratado por Inteligencia militar para desviar la investigación del crimen. Entonces, es aún más difícil saber qué parte de su testimonio (que implica a los Lima y Villanueva) es cierta y cuál no. El relato de otro testigo, por ejemplo, comprueba que Chanax mintió respecto a cómo conoció a Lima Estrada, quien—según Chanax—lo contrató para espiar a Gerardi.

No era un secreto que Inteligencia militar tenía interés en espiar a determinadas figuras públicas, como Gerardi, como lo admitió otro testigo en el juicio. No obstante, también parecía que había interés en hundir a los Lima. Hubo amenazas a testigos y fiscales que no salían de todos los sectores militares. Las rencillas dentro del Ejército tampoco eran un secreto. Todo esto, claro, no exime al capitán Lima Oliva de otras ilegalidades de las cuales ha sido señalado.

Así, 16 años después del crimen hay más preguntas que respuestas. Por ejemplo, expertos criminalistas opinan que el crimen fue un ataque demasiado personal. Todas las heridas y lesiones que Gerardi padeció están del cuello hacia arriba. El resto son heridas defensivas (raspones, rasguños en sus manos y brazos).

Nunca se estableció quién fue el autor o autores materiales, qué relación hubo (si es que existió) entre ellos y los condenados, qué relación había entre los Lima y Villanueva y Orantes, ni cómo estaba conectado el sacerdote Orantes al móvil político. Orantes también incurrió en serias contradicciones. Por ejemplo, dijo que estaba dormido cuando ocurrió el ataque, pero su propio testimonio (en contraste con la reconstrucción de hechos) comprueba que estaba despierto. Además, después de (supuestamente) descubrir el cadáver, demoró al menos 45 minutos para telefonear a los paramédicos. ¿Por qué? Nunca lo explicó cuando estaba en la cárcel, menos después de salir de la cárcel por buena conducta con sólo la mitad de la pena cumplida (un beneficio que también recibió el coronel retirado Lima Estrada).

Por aparte, la prueba de luminol permitió establecer que había sangre en muchas otras partes de la casa, y que fue minuciosamente limpiada (hasta hacerla indetectable a simple vista). Esto debió llevar cierto tiempo, aspecto que no coincide con el lapso de tiempo que Chanax aseguró que Lima Oliva y Villanueva permanecieron en la escena del crimen alterando evidencia. Otro dato: Ninguno de los acusados militares está señalado en el informe del Remhi de delito alguno.

No parece haber evidencia que actuarían a título propio. Pero, y ¿por qué actuar a título institucional? ¿Su papel fue de encubrimiento para acabar de chivo expiatorio, por rencillas internas en el Ejército, o fue más allá? Fue llamativo que el Ejército no movió un dedo para ayudar a los acusados militares. Por un lado están las contradicciones absurdas de los miembros del EMP la noche del crimen. Por otro, están la presunta amistad entre Orantes y miembros de una banda de asaltantes y secuestradores, entre quienes figuraba una familiar (Ana Lucía Escobar) del entonces canciller de la Curia, Efraín Hérnández. La noche del crimen, Escobar y Hernández estaban entre las primeras personas en llegar a la escena del crimen antes que las autoridades. Además, se contradijeron en cuanto a cómo se enteraron del crimen.

Estos hechos, entre muchos otros, no están más claros hoy que hace 16 años cuando la noticia de la muerte violenta del Obispo Juan Gerardi le dio la vuelta al mundo. Gerardi luchó por revelar la verdad en las muertes de miles de guatemaltecos durante el conflicto armado, pero su propia muerte tristemente es todavía fuente de misterio.