Iguala: Familiares reclaman justicia tras desapariciones

Con masivas marchas exigen respuestas al Gobierno por posible matanza de jóvenes
Iguala: Familiares reclaman justicia tras desapariciones
Marchan en Chilpancingo pidiendo justicia para los estudiantes desaparecidos.
Foto: Gardenia Mendoza

CHILPANCINGO.- Uno a uno, los nombres de los 43 estudiantes desaparecidos se antepusieron a un grito unánime de miles de estudiantes, familias, organizaciones sociales y pobladores que marcharon en esta capital del estado de Guerrero ante la impotencia de ser víctimas sin justicia.

Jorge, José, Tomás, Adán, Emiliano, Miguel, Severo… “Viven”, gritaban una y otra vez en franca resistencia a creer que fueron asesinados como se presume mientras las autoridades buscan identificar los restos de 28 personas localizadas en una fosa común cerca de Iguala, la localidad donde el pasado 26 de marzo los alumnos de la normal rural Isidro Burgos de Ayotzinapa fueron atacados por policías municipales.

Los padres de las víctimas, que encabezaron la marcha, iban con “todos los sentimientos encontrados”, según describieron, algunos cabizbajos; otros, con el puño en alto, “entre la tristeza y la esperanza de encontrarlos”.

Muchos pidieron el anonimato, “no vaya a ser que, si aún están vivos, los maltraten” por declaraciones que irriten a los malandrines, pero una vez entre la multitud sin nombre, tomaron garbo para gritar por la renuncia del gobernador Ángel Aguirre.

– La lucha sigue- corearon.

“El gobierno se unió al crimen organizado, a los narcotraficantes y extorsionadores, y nos atacó así, sin piedad, para intimidarnos, porque siempre han querido aplastar la organización social que hay en Guerrero y somos una piedra en el zapato”, dijo a este diario Felipe Rosales, uno de los jóvenes normalistas que libró la muerte.

“Hace tres años, aquí en Chilpancingo, la policía del estado mató a otros dos compañeros en plena carretera cuando protestábamos porque recortó el presupuesto para las normales rurales”.

Las Escuelas Normales Rurales operan desde los años 20 del siglo pasado, cuando el gobierno buscaba sacar del analfabetismo a una población mayoritariamente del campo con profesores dispuestos a trabajar en los lugares más recónditos.

Y desde entonces existe una lucha por el presupuesto asignado para sostener los internados y cátedras de donde han salido múltiples líderes sociales.

Las movilizaciones en Iguala que terminaron en tragedia eran para juntar dinero y viajar el 2 de octubre a conmemorar la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968 sin pensar que en unos días la justicia se exigiría para ellos como ocurrió en 60 ciudades mexicanas y decenas de extranjeras, entre ellas, Nueva York, Austin, Los Ángeles, Chicago, Seattle y San Francisco.

El joven que quería reaprender mixteco

Con el paso del tiempo, Luis Ángel Arzula, otro de los estudiantes desaparecidos en Iguala dejó atrás la lengua de sus padres: el mixteco.

Quizá porque a sus progenitores les desesperaba batallar entre dos idiomas o porque era más fácil entenderse en el mundo más allá de San Cristóbal Tlatlachistahuaca en español, sin burlas ni mal interpretaciones.

El caso es que Luis Ángel, a los 18 años, apenas y entendía la lengua en que quería enseñar como profesor para erradicar el analfabetismo de hasta 50% de la población de su pueblo. “Por eso se inscribió a la normal rural de Ayotzinapa, donde hay una cátedra especial para aprender (o reaprender) su lengua”, dijo Lorenzo, su padre, mientras se secaba el sudor de la frente bajo el sol inclemente de Chilpancingo, hasta donde viajo para buscar a su hijo desaparecido.

El aprendiz de activista

Martín Sánchez tenía 20 días de iniciar el primer semestre en la normal de Ayotzinapa cuando lo desaparecieron. Su familia, que radica en Zumpango del Río, a hora y media de Iguala por carretera, se enteró a través de un mensaje de texto que la compañía telefónica envió en sus rutinas diarias de noticias destacadas.

“Lo esperábamos para el desayuno y lo que llegó fue un texto que en una línea describía los ataques a los estudiantes”, dijo su primo Efrén Sánchez.

Los padres corrieron a Ayotzinapa y ahí supieron que su hijo estaba entre quienes se llevaron los policías. “Queremos que regrese: era un muchacho dedicado, sano y deportista, no merece otra cosa”.

¿Por qué mi hijo estudiaba en Ayotzinapa? Porque su madre es maestra de primaria y a él no le gustaba el campo, no quería sembrar maíz como yo, en la Costa Grande, él quería dar clases y la Isidro Burgos es una normal para pobres, la única a la que podía ir.

Sabíamos que en un futuro habría una competencia desleal porque algunos funcionarios del gobierno del estado han estado abriendo escuelas privadas para profesores como un negocio y, para que funcionen, tienen que buscarles a los egresados plazas donde sea y por eso están quitando espacios para los maestros que se forman en las normales rurales, que son públicas.

Estábamos en desventaja, pero, ¿qué más podríamos hacer? Ahora, sin él, estamos cada vez en más desventaja.

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