Rastrean fosas y desaparecidos cerro por cerro en Iguala

Grupos locales buscan a los normalistas a la par con autoridades
Rastrean fosas y desaparecidos cerro por cerro en Iguala
Retratos de algunos de los jóvenes desaparecidos el 26 de septiembre
Foto: EFE

IGUALA, México.- El olor pútrido, similar a una mezcla de basura orgánica y estiércol, aún se expande por los senderos de Cerro Grande, al poniente de esta ciudad, donde las autoridades encontraron 28 cuerpos que presumen como posibles restos de algunos de los 43 normalistas desaparecidos, mientras padres de las víctimas iniciaron su propia búsqueda.

Dicen que “no es la primera vez que en el país dan gato por liebre” y aun cuando la participación de un grupo de forenses argentinos en la identificación de los cuerpos les da cierto ánimo, ellos harán su propio rastreo acompañados por la Policía Comunitaria.

“Vamos a rastrear cerro por cerro y a buscar a los normalistas y todos los nuestros que han desaparecido durante años”, dijo Bruno Plácido, dirigente de la Unión de Pueblos y Organizaciones Populares de Guerrerro (UPOEG), una de las dos organizaciones de autodefensas que operan en la entidad.

La otra agrupación, la Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias (CRAC),culpó al gobernador de Guerrero, Ángel Aguirre, de la persecución política contra opositores y enlistó dos masacres y 30 líderes de diversas organizaciones desaparecidos entre normalistas, ecologistas, diputados, cafetaleros y normalistas.

La Policía Comunitaria llegó la tarde de ayer en 56 camionetas con 500 elementos dispuestos a para explorar los alrededores de Iguala.

“Hasta no encontrarlos no nos vamos”, dijo Manuel Vázquez, abogado de la organización integrada por 17 padres de familia que buscan el mismo número de hijos desaparecidos el pasado 26 de septiembre cuando la policía municipal disparó y secuestró a los estudiantes de la normal Isidro Burgos de Ayotzinapa.

“No confiamos en la versión de que los cuerpos de nuestros compañeros estén en la fosa de Iguala”, dijo Cipriano Bernardo, uno de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa que participó en la marcha del pasado 26 de septiembre en esta ciudad, cuando los municipales les dispararon y mataron a seis.

Al paraje conocido como Cerro Grande sólo se puede entrar a pie una vez que termina la brecha de terracería: 20 minutos cuesta arriba hasta donde están las cinco fosas clandestinas que aún siguen vigiladas por una docena de policías estatales y ministeriales armados hasta los dientes.

Subir 28 cadáveres hasta ese punto sería una misión para al menos 56 hombres, a menos que las víctimas hubieran llegado por su propio pie para ser ejecutados, calcinados y lanzados a la tumba como carne para “barbacoa” como supone una de las hipótesis oficiales.

“Ha muerto tanta gente en esa zona que esos restos podrían ser de cualquiera”.

En los últimos dos años, el estado de Guerrero encabezó la lista nacional de inseguridad en el país con asesinatos, secuestros y desapariciones.

“Todos sabíamos lo que estaba pasando: de pronto secuestraban a un comerciante, o mataban a un vecino o veíamos a hombres armados, pero no dijimos nada por miedo, porque tenemos padres, hijos, hermanos”, dijo Rita Sánchez, de 31 años, habitante de la región.

“Además, ¿a quién íbamos a acudir? si se sabía que las autoridades era parte de la delincuencia”.