El hospital de Al-Hassen, en Irak, crece olor a muerte

Los intensos combates de los yihadistas del Estado Islámico se han recrudecido en en el país agravan la situación

EEUU y la coalición intensifican los combates contra integrantes del ISIS.

EEUU y la coalición intensifican los combates contra integrantes del ISIS. Crédito: EFE / Archivo

En el norte de Irak, desde Bagdad hasta la región autónoma del Kurdistán, cada día se registran enfrentamientos entre el ejército y las fuerzas del autoproclamado Estado Islámico (ISIS) que provocan miles de víctimas. Mientras, en el sur, los accidentes domésticos causan los mismos estragos, o incluso más. La ciudad de Nasiriya no es ajena a estos problemas.

Entrar en la Unidad de Quemados del Hospital Al-Hassen es una experiencia con tintes grotescos. De golpe invade un olor nauseabundo y difícil de soportar, que penetra a través de la mascarilla que los enfermeros obligan a ponerse en la entrada, junto con el clásico gorro y las fundas para zapatos de los quirófanos. Es el olor a carne carbonizada de los pacientes en esta unidad.

Khalid, el jefe de enfermeros de urgencias, es el cicerone en esta unidad del hospital, que tiene poco que envidiar al infierno de Dante. El espacio es pequeño, estructurado con paredes improvisadas y techo de plástico y de metal que en los meses cálidos –nueve de 12– hace que el ambiente sea aún más insoportable. Hombres, mujeres y niños comparten esos pocos metros cuadrados, separados por una tela gris grande y pesada: a un lado están los casos difíciles y, al otro, los imposibles.

Khalid muestra el registro de hospitalizaciones por quemaduras. “¿Has visto cuánta tinta se gasta?”, dice con su impecable inglés, perfeccionado durante los años que trabajó en una base militar de los Estados Unidos, en la época de la guerra contra Saddam Hussein.

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Tiene razones para decirlo: desde comienzos de año en esta unidad han sido hospitalizadas al menos seis mil personas, y en más de la mitad de los casos no se ha podido hacer nada por ellas. No se trata, como se podría esperar de un país desgarrado por la violencia como Irak, de víctimas de atentados kamikazes o de minas sin explotar, son pacientes que han sufrido los más variopintos accidentes domésticos.

Las causas de estos accidentes van desde cortocircuitos hasta bombonas de gas sin cierre de seguridad, pasando por bidones de gasolina y braseros de acceso demasiado fácil para los niños. Una proporción significativa de estos accidentes se debe a un tipo de burka –un vestido tradicional que usan las mujeres en algunos países musulmanes– hecho con tejidos sintéticos, que se incendian en pocos segundos sin dejar opción a las desafortunadas que lo llevan.

Nasiriya, continúa Khalid, ostenta el récord en registro de pacientes hospitalizados por quemaduras. “En muchos otros centros de la región, más pequeños que el de Nasiriya, sólo se registran los datos de uno de cada 10 hospitalizados. Y no es por desidia del personal del hospital, sino por falta de tiempo. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas son las víctimas por quemaduras por culpa de accidentes domésticos en este castigado país”.

Khalid me presenta a familiares de algunos de los pacientes más graves. La resignación es el sentimiento más común. “Inshallah (“Si Dios quiere” en árabe) se recuperará”, “Inshallah morirá, tal vez es lo mejor”, “Inshallah volverá a jugar a fútbol”, “Inshallah será capaz de encontrar un marido”, “Inshallah volverá a hacer pan”.

Al cruzar la gran tela gris, a Khalid como a todo el que entra le tiemblan las piernas y le falta el aire. “Siempre me pasa lo mismo, es superior a mí”, confiesa. Los pacientes de este lado están quemados al cien por cien; les quedan pocas horas de vida. Algunos están semiconscientes y tienen los ojos abiertos, aunque perdidos en el vacío, mientras sus seres queridos intentan refrescarlos con gasas húmedas. “No sirve de nada, ya no sienten nada, pero se los permitimos igual”, susurra Khalid. Salimos de la sala, hacia el aire fresco, y respiramos a pleno pulmón.

La Unidad de Quemados cuenta sólo con dos cirujanos que se desplazan a Nasiriya una vez por semana desde Bagdad. Demasiado pocos, y con demasiado poco tiempo, para hacer frente a tantos casos. En Irak estos profesionales escasean: primero por el régimen de Saddam Hussein, y después por la invasión liderada por los Estados Unidos, los cirujanos se han ido al extranjero. A menudo algunas operaciones de urgencia las llevan a cabo los estudiantes o los enfermeros. Hay todo un sector sanitario por construir.

Lo sabe bien el doctor Adnan, cirujano y alto funcionario del Ministerio de Salud del Distrito de Nasiriya, quien tiene una estrategia clara: formar a jóvenes cirujanos locales con la ayuda de especialistas extranjeros. Ya hay negociaciones en marcha con varias ONG de médicos internacionales, que a menudo envían a sus equipos a Nasiriya para misiones a corto plazo –por lo general no van más allá de dos semanas– en las que el objetivo es sólo uno: operar en el menor tiempo posible al mayor número de pacientes.

Cuando empieza a circular el rumor de la llegada de médicos extranjeros, el Hospital Al-Hassan se llena de cientos de pacientes potenciales, rigurosamente acompañados de sus seres queridos.

Están dispuestos a hacer cualquier cosa para que los operen. Algunos mandan a sus hijos, que necesitan ser operados, con billetes en la mano para entrar en la lista de casos urgentes que confeccionan los médicos extranjeros.

Hussen, de siete años, tiene quemaduras graves en las piernas y en los glúteos. Hace unos meses fue víctima de una broma sádica de niños: su primo, de su misma edad, lo roció de cintura para abajo con gasolina y le prendió fuego. El padre de Hussen todavía no lo ha asimilado, pero es un fenómeno muy frecuente en Irak. A menudo los niños tienen fácil acceso a los bidones de combustible, que utilizan para encender fogatas alrededor de las cuales juegan.

Montadar, de 17 años, afronta su tercera operación. En el quirófano se siente cómodo, como si la operación fuera un procedimiento burocrático que quiere quitarse de encima. Cuando era pequeño fue víctima de un percance con gasolina. Con unos amigos encendió una hoguera para cocinar brochetas de cordero. Vertieron mucho alcohol en la hoguera para avivar las brasas, y lo alcanzó una llamarada que le provocó graves quemaduras en el pecho y el cuello.

Tabark, de 32 años, es tímida pero siempre sonríe. Hace menos de un año se acercó demasiado a los fogones y se le cayó encima una olla llena de aceite hirviendo. Debido a las quemaduras que se hizo en los brazos y en las manos, ya no puede cocinar. Tampoco puede hacerse cargo de sus tres hijos pequeños y su marido, quien la amenaza todos los días con el divorcio porque ya no puede preparar el pan.

Busra tiene 40 años, pero aparenta por lo menos 20 más. Hace una década fue víctima de uno de los accidentes domésticos más comunes en Irak: un cortocircuito. El burka que llevaba en el momento del accidente estaba hecho de un tejido sintético que rápidamente se incendió. Sufrió quemaduras en 80 por ciento del cuerpo, que la hacen irreconocible y le impiden hacer incluso la más simple de las tareas del hogar.

“La verdadera solución a la lacra de los accidentes domésticos es concienciar a la población. Basta muy poco: comprar ropa hecha con tejidos de buena calidad, usar bombonas con válvulas de seguridad certificadas, enseñar a los niños que deben permanecer lejos de las estufas y la gasolina. Queremos lanzar una campaña a través de la televisión y la radio nacional, pero los fondos son limitados.

Actualmente, además, la situación es todavía más complicada por el Estad Islámico, que acapara todo el protagonismo. ¿Lo ves? Indirectamente esos locos fanáticos perjudican a las zonas del sur del país”, concluye el Dr. Adnan.

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