“El desafortunado más feliz del mundo”

Caminando por la Smalensky Blvd. en Moscú, a 20 grados bajo cero, pensé que había muerto y que me encontraba en el purgatorio.

Era el mes de marzo de 2012. Acababa de salir de la dirección de la televisión rusa, conocida como Rusia Today, donde trabajé por casi un año como presentador deportivo para un programa que se transmitía para España y Latinoamérica.

En esos días se llevaron a cabo las elecciones presidenciales en las que Putin sucedió a Dmitri Medvedev como presidente del país más grande del mundo, geográficamente hablando.

En aquella tarde gris y fría caminaba sin rumbo inmediato entre tanta gente que parecían haber perdido el alma entre el frío y los problemas sociales que han tenido que soportar durante y después de la caída del bloque comunista o la Unión Soviética.

Había discutido en una agria reunión con la dirección del canal porque querían que cambiara de presentar deportes a ser el presentador de noticias, la cara oficial.

Pero su línea editorial es una clara propaganda antioccidente, en la que mi integridad, no solo como periodista, sino como ciudadano del mundo libre, no me permitía convertirme en cómplice.

Todo terminó aquella tarde. Ellos sabían y yo también. Renuncié ahí mismo. Mi destino comenzaba de nuevo y la rueda de la vida a girar otra vez.

En esa misma ciudad helada, atrapado sin saberlo, por esas cosas que sólo Dios sabe, recibí un correo electrónico desde Miami.

Era María, recién promovida a jefa de corresponsales de la cadena Univision, y leía así: “Jorgito, tengo la misión de ampliar el equipo, me gustaría contar contigo”.

No lo podía creer. En esos días Moscú vivía en medio de revueltas callejeras y violentas protestas por la maniobra que llevo a Putin al poder.

Le contesté que en dos semanas llegaría a Miami y que allá nos veríamos. Tenía hasta miedo de responderle. En ese momento era el hombre desafortunado más feliz del mundo. Ese día descubrí que Dios nos pone pruebas difíciles, pero nos da recompensas hermosas.

Las dos semanas de espera para salir de Rusia fueron agobiantes por la incertidumbre que genera un país donde la mayoría de los residentes todavía perciben a los americanos como sus enemigos y, en algunos casos, cuando las tormentosas revueltas temí por mi integridad física.

Después de dejar atrás el manicomio Ruso, las aventuras moscovitas y recuperarme del miedo, regresé al mismo lugar que había abandonado en 2009: la cadena Univision. En ese momento descubrí que el hombre no se puede separar de su destino.

Después de diez meses viajando a todas partes como corresponsal del noticiero nacional y del programa de investigación “Aquí y ahora”, me toca de nuevo la fortuna.

En un reportaje que cubría en Puerto Rico sobre el narcotráfico, la casualidad me lleva a un fugaz encuentro con los ejecutivos de Univision de Estados Unidos, que estaban en la isla.

Los saludé sin saber qué hacían allí. Yo estaba en mis líos para cumplir con la asignación que tenía. Apenas minutos después me llamaron a una oficina. Una dijo: “¿te interesaría ser el presentador de noticias Univision en Nueva York?”. “Pero ahí está Rafael Pineda?”, pregunté. Sin vueltas, la respuesta vino como una bala: “Rafael Pineda se retira…”. Tragué en seco.

Tenía seis años cuando mi familia me trajo a Nueva York de vacaciones, cuando mi mamá prendió la televisión y vi a Rafael Pineda. Lo único que me pasó por la cabeza fue: ¡yo quiero ser eso!

Aunque apenas comienza el camino, con ustedes a mi lado, sé que, poco a poco, lograremos cosas positivas.

Lejos está aquella tarde gris caminando sin rumbo por las calles heladas de Moscú. Aprendí en la distancia que, mientras más abajo estuve en mi vida, tuve la suerte de encontrar petróleo