El derecho de ofender

El derecho amenazado por lo que pasó en París es la libertad de expresión. Pero esta frase –la libertad de expresión– se usa tanto que ya no provoca entendimiento. Sabemos lo que significa, pero no apreciamos la profundidad de su significado. Invocamos el derecho de pronunciar lo que nos de la gana, pero sin entender que tan asombroso es ese derecho.

Casi toda nuestra expresión no tiene consecuencia para otros. Tengo derecho a decirle a mi esposa que me voy de compras, pero es una declaración que no tiene importancia para los demás, con la posible excepción de mi esposa. A nadie se le ocurriría infringir mi derecho de anunciar mis planes.

Tengo el derecho de declarar que los demócratas tienen mejores ideas que los republicanos. Muchos americanos estarían en desacuerdo con ese pronunciamiento.

Pero el discurso político en este país es por lo general un negocio civilizado. Si uno alza su voz para promover una posición, las normas que gobiernan tal discurso insisten que los que se oponen deberían entrar en un debate vigoroso. Tratar de silenciar a los que tienen opiniones contrarias –con amenazas, por ejemplo– se considera prueba de una debilidad, no un signo de poder. En los EE.UU. y en Europa, el derecho de expresar opiniones impopulares no tiene muchos enemigos.

La expresión que ha sido amenazada por los asesinatos en París tiene poco que ver con mis comunicaciones con mi esposa y con expresiones de lealtades políticas. Es la que nos permite ser ofensivo y provocativo.

Eso es lo que los caricaturistas de Charlie Hebdo les encantaba hacer: enfurecer a los que consideraban como blasfemia la representación del profeta Mohamed. Enfurecían a otros también. Tal como Larry Flynt le encantaba ofender a las sensibilidades con su revista pornográfica, Hustler. Tal como el partido Nazi americano insistió en 1977 marchar en Skokie, Illinois, un pueblo con una comunidad de sobrevivientes del holocausto.

La libertad de expresión es, en el fondo, la libertad de provocar, de enfurecer, de burlarse, de criticar, y de ofender. Esa es la libertad que asaltaron los terroristas cuando asesinaron a los caricaturistas.

¿Vale la pena luchar por la libertad de ofender?

Sí. Pero no porque queremos ofender. Vale la pena porque quiero una sociedad en que soy yo quien decide si voy a ofender, o criticar, o provocar. Casi siempre optaría por un discurso más civilizado, porque esa es la base de una sociedad abierta. Pero yo quiero ser el juez. No quiero que sea mi gobierno. Y no quiero que sea un clérigo musulmán en otro país.

Es por eso que soy Charlie Hebdo