Mujeres que luchan contra el tráfico humano

Las víctimas encuentran una mano amiga en las organizaciones de ayuda. También logran recuperar la fe y confianza que perdieron cuando cayeron en las garras de este flagelo

Ilusión y progreso. Ese es el denominador común para muchas mujeres inmigrantes latinoamericanas al venir a Estados Unidos.

Sin embargo, muchas enfrentan un trayecto lleno de obstáculos, no solo por el aspecto legal. En ocasiones, la buena fe y hasta la inocencia les hace caer en redes de traficantes, tanto para prostitución como para trabajos forzados.

Y lo peor de todo es que, en muchos casos, fueron personas de confianza, incluso parientes y especialmente compañeros sentimentales los artífices del engaño.

Esa es la parte más difícil de superar, el dolor por la traición. Y es allí donde las Oblatas del Santísimo Redentor ocupan la fe, pero además el calor humano y la solidaridad para ayudar a sanar a sobrevivientes de explotación sexual.

La congregación, que este año celebra su 151o aniversario de fundación, tiene medio siglo de trabajar en Estados Unidos. Administra dos albergues para mujeres víctimas de tráfico sexual, la mayoría inmigrantes de América Latina y Asia, en el Área de Nueva York (pidieron expresamente no mencionar la ubicación de las sedes por motivos de confidencialidad).

En Nueva York, la obra está a cargo de religiosas que provienen de todas partes de Iberoamérica, por ejemplo Celina Ardila y Leonor Ardila, dos primas oriundas de Santander, Colombia; Ligia Latorre y Esther Tarazona, también colombianas; Lucy Blanco, de España; Socorro Sandoval y Adela Domínguez, ambas de México.

Entrevistadas vía teleconferencia, las religiosas contaron que muchas de las víctimas que atienden temen que serán sometidas al régimen de un convento, pero entre risas aseguran que no es así. Para empezar, los requisitos para entrar no tienen nada que ver con la religión: deben demostrar que están “dispuestas a cambiar”.

La atención que reciben va más allá de tener un techo, una cama y comida caliente. Son puestas en manos de un equipo que les da servicios médicos, sociales, educativos y legales. Las Oblatas consideran que las mujeres que son aceptadas en el programa tienen dinámicas distintas de enfrentar la situación y unas se tardan más que otras. “La que quiere salir adelante, lo logra. Hay jóvenes que se interesan rápidamente y pueden ver las oportunidades para mejorar su vida”, destacó la hermana Emily.

Pero algo con lo que todas tienen que lidiar y no es cómodo a veces es el silencio. Cuando ingresan al programa muchas tienen pérdida de sueño y pesadillas, así como depresiones, expresó por su parte la hermana Celina.

Las víctimas de tráfico y prostitución pueden permanecer en estas casas seguras hasta por un año. Se les ayuda a regular su situación migratoria, completar sus estudios y sacar el GED y aprender inglés.

“Las mujeres tienen con nosotros la familia que no tienen”, puntualizaron casi en coro las religiosas.

“Las he visto realizar sus sueños”

Rachel Álvarez es una joven activista de origen mexicano que trabaja como Case manager en el Programa de Asistencia para Personas Traficadas en YMCA International Services de Houston, Texas.

Tiene una licenciatura en Trabajo Social y su vida personal y profesional se ha realizado entre Austin y Houston. Comenzó a trabajar con víctimas de tráfico humano a partir de 2010, en ambas ciudades y también en Cambodia, Ruanda y Brasil.

Es parte de un equipo de cuatro consejeras que ayudan a las víctimas de tráfico -tanto sexual como laboral- a encontrar los servicios que necesitan para recomponer sus vidas.

El programa de YMCA atiende tanto a hombres como a mujeres, menores de edad, nacionales e inmigrantes y es financiado por la Oficina contra las Víctimas del Crimen, del Departamento de Justicia.

“Este es el trabajo más difícil que he tenido en vida. A veces el proceso psicológico es difícil para las personas, no todos los casos han podido salir adelante. Lo más difícil es intentar ayudar a alguien que no está listo”, reflexiona.

Texas es el segundo estado, después de California, en cuanto al registro de casos en todo el país, según estadísticas del National Human Trafficking Resources Center (NHTRC). El auge está determinado por la frontera sur y por ser parte del corredor criminal hacia California y Florida.

A pesar de que sufren tanto, Rachel piensa en las personas que fueron sometidas contra su voluntad y tienen ánimos para vivir. “He visto mujeres realizar sus sueños, sacan sus GED, van al college… esa es nuestra recompensa, que lo poco que podemos hacer por ellos es la clave para transformar la vida de la gente que eran esclavos y ahora tienen el control de su vida”, subrayó.

Rachel Álvarez (27), trabajadora social de Texas.
Rachel Álvarez (27), trabajadora social de Texas.

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